Ir al Monte Sinaí, era sin duda otro regalo que Dios nos brindaba,
ya que inicialmente la persona que organiza el grupo de Nueva York,
le había comunicado a Rubén, el deseo de asistir a la
Montaña Sagrada en su compañía; y por razones del
buen karma viajaríamos trece personas que no estabamos incluidos.
Nos encontrábamos en inmigración israelí para ser
chequeados. Entregué el pasaporte para el riguroso chequeo de
rutina, y me extrañaba que se tardaban demasiado con la revisión.
De repente, uno de los agentes policiales, llamo a Karina la guía
del viaje, para comunicarle que ya no tenía visa para entrar
y salir de Israel; debido a que la embajada de Israel en Venezuela,
solamente me habían otorgado dos entradas al país; y ya
las había consumido con el viaje a Jordania y Palestina; sin
embargo, hicieron una excepción permitiéndome salir del
paìs, para regresar en setenta y ocho horas.
Se podrán imagina, que por momentos quise angustiarme, sin embargo,
inmediatamente decrete “Yo Soy la puerta abierta que ningún
hombre puede cerrar”, gracias Padre porque todo esta en orden.
No obstante, Karina nuestra guía era una chica muy particular,
tenía momentos en que actuaba excesivamente en positivo, y otros
instantes era terriblemente negativa, se imaginan aquella dualidad.
Y comenzó, a alarmarme diciéndome: lo mas seguro es que
te tengas que quedar en Egipto, porque es posible que se dañe
un neumático y no puedas regresar. A lo que le respondí
no lo acepto, en verdad tú estas totalmente loca de remate.
En eso llego Rubén y me dijo: “no le des mente a lo que
te dijo Karina, si pasa algo yo me quedo contigo en Egipto”. Esto
fue para mi un gran alivio, y sin comentar más el asunto nos
comenzamos a reír y hacer bromas como siempre acostumbramos.
Por fin, ya estabamos en Taba Egipto, esperando al guía en la
comby, el calor era inaguantable, el guía que nos había
tocada para las explicaciones en Egipto, en realidad no sabía
ni donde estaba parado, en verdad ya comenzábamos a extrañar
a Karina, que aunque estaba loca, de remate, poseía una gran
calidad humana y dominada a perfección su trabajo. Pero metafísicos
al fin y al cabo, polarizamos la situación y empezamos a bailar
y a bromear unos con otros.
Ya estabamos rumbo al Monte Sinaí, y durante el trayecto recibíamos
las explicaciones, sobre el desierto, y el misterio de aquellas montañas
color rojo, que daban la impresión de estar vivas y que de pronto
iban a emanar fuego, sin embargo, a su vez nos sentíamos impactados
por tan imponente belleza. Fue algo maravilloso bordear el mar rojo,
jamas olvidare su color azul profundo y el reflejo del Sol que se hacía
presente en aquella tan deslumbrante tarde.
Mientras realizábamos la travesía, no hacia, sino meditar
en todo lo que vivía, y tenía latente el presentimiento
que algo muy grande me iba a ocurrir.
Ya habían transcurrido seis horas de carretera, y por fin estabamos
a los pies del Monte Sinaì. En verdad, todos experimentábamos
una especie de éxtasis observando la Montaña Sagrada.
Allí pude comprender lo que es una inmensa piedra ígnea,
que da la impresión que ya va a emanar fuego, pero a su vez encierra
un inmenso misterio.
Eran las seis de la tarde y el Monasterio de Santa Catalina estaba cerrado.
Sin embargo, decidimos quedarnos a presenciar algo que tal vez, se presenta
una sola en la vida, como es el privilegio de ver la puesta del Sol
en el Sinaí. Después de disfrutar aquella bendición,
nos retiramos al hotel a prepararnos para la subida a la montaña,
que sería a la una de la madrugada, en compañía
de un beduino experto en la zona.
En verdad, el buen karma existe, estabamos recorriendo los pasos de
Moisés por aquel Santo lugar, tal cual como El, lo hizo, para
recibir las Tablas de la Ley. Todo esto era demasiado importante, imagínense,
que estabamos respirando los electrones de Moisés por toda aquella
travesía. Aproveche el momento y a medida que iba ascendiendo,
realizaba tratamientos con Llama Violeta, para quemar toda partícula
de negatividad y de sufrimiento vivido en esta encarnación, y
así ser penetrado por toda la energía sagrada de aquel
lugar, para lograr purificarme.
Ya
estábamos en la cima de la Montaña, nos quedamos en silencio
absoluto, no lo podíamos creer. Esperábamos con ansias
el amanecer, para por primera vez, ver salir el sol desde una de las
montañas más sagradas del mundo. Fue realmente majestuoso
ver aquella bola de fuego inmensa que te hace resplandecer todo el lugar.
Comenzamos a realizar el saludo Solar, y decretos de alabanzas a la
Existencia Divina.
Terminado el servicio, teníamos que hacer tierra, descender nuevamente
al pie de la montaña. Pero ocurrió un pequeño percance,
el beduino que nos había conducido hasta el lugar, se había
desaparecido y como era de esperarse el grupo de Nueva York, ni siquiera
se había percatado del asunto, pero seguía el conflicto,
La gran pregunta, ¿por donde bajaríamos nuevamente? pero
comenzamos a descender quien sabe por donde, sin embargo, entre risas
y caídas por aquellas piedras, ya estábamos nuevamente
al pie de la montaña.
Nos manteníamos en las afueras del convento de Santa Catalina,
esperando a Rubén, para con el guía entrar al convento
y recibir las explicaciones. Estando en la iglesia del convento, frente
aquellas maravillas artísticas, en realidad, uno se queda impávido
de tanta belleza, y sobre todo lo que encierra cada obra. En verdad,
era un momento importantisimo en la vida de cualquier estudioso de la
materia, pero Dios nos daba la oportunidad, que sin ser estudiosos de
la materia, pudiéramos estar al frente de estas valiosas pinturas
y tratar de comprender un poco sobre los iconos, que tanto me apasionaban,
sobre todo por los siglos de los que datan esas obras.
No era la primera vez que Rubén visitaba el lugar, y había
esperado con ansias estar nuevamente delante de aquellas joyas de la
pintura, por esa razón, la situación se torno difícil,
porque el guía no daba respuesta alguna a las preguntas que se
le hacían, generando en todos los integrantes del grupo una grañidísima
confusión, al extremo, que Rubén sugirió que resolviéramos
el asunto de la mejor manera, por que las explicaciones tenían
que ser fundamentadas en datos exactos, y en verdad el guía no
manejaba el asunto.
El grupo no reaccionaba, estaban embobados totalmente, a lo que Rubén
agrego: como es posible que sean tan tamasicos, que se conformen con
tan poco, ¡reaccionen! Si no, estarán contribuyendo a la
ignorancia. Así que salgan nuevamente y resuelvan el asunto.
Salimos mandados del lugar indagando quien dominaba la materia, pero
en realidad, todo conspiraba para que no apareciera una persona instruida
en el tema.
No hallábamos que hacer, Juan se quería como morir, los
demás seguían igualmente inmóviles, ellos todaviá
no se percataban de la gravedad del asunto. Sin pensarlo, me acerque
al lado de Rubén, no sabía ni que decirle, para remediar
la situación, y en su tono característico me dijo: Miguel
Martínez cállate la boca y vente, y salimos disparados
para el convento nuevamente, estabamos en la iglesia frente a los iconos,
los observábamos y salimos.
Nuevamente entrábamos a la iglesia hacíamos el mismo recorrido
y súbitamente nos encontrábamos a fuera, ya era la tercera
vez que entrábamos al lugar y me dije: Dios mío, que es
lo que busca este hombre, no entiendo, les juro que ya sabia la posición
de los cuadros y todo lo demás. En eso, nuevamente entramos en
la iglesia, cuando observamos, un guardia en una pequeña puertita
bien angosta y Rubén sale mandado y se pone delante del hombre
y le dice: “por favor déjeme entrar” a lo que el
hombre le respondió: para entrar a este lugar, tiene que tener
un permiso del gobierno, o si no, ser un sacerdote.
Rubén le respondió agarrando con su mano derecha el crucifijo
que llevaba colgado al cuello “I am a Prist ("Yo soy un sacerdote")
y el guardia lo vio de arriba a bajo y le dijo: ¿Quién
es el hombre que anda con usted? y le contesto: “He´s a
prist too” (El también es un sacerdote)”. En eso,
el hombre le permitió entrar al lugar y él me dio un jalón
por el brazo y me dijo. “Miguel pasa que esto no lo vas a olvidar
jamás, así que respira y no preguntes que esto es un momento
de gloria”. No podía creer que estaba delante de aquella
Santa Tierra, El Santo Santorum, observe todo detenidamente, sentí
como una sensación de mareo muy leve y comencé a dar gracias
al padre por permitirme tan glorioso momento. Por segundos, experimentaba
que no podía con aquello, era una radiación fortísima,
sin embargo, Dios me dio fuerzas y pude mantenerme.
Salimos del lugar insuflados de aquel momento tan sagrado en nuestras
vidas, y le pregunte a Rubén ¿cómo había
hecho para descubrir y propiciar este momento? El respondió”
.
“Ya se lo había pedido a los ángeles, que por favor,
buscarán el instante perfecto para poder introducirnos en el
recinto Sagrado, por eso entrábamos y salíamos de la iglesia
tantas veces, hasta que los ángeles asumieran el asunto y se
diera el instante. Recuerda siempre este momento, has estado en el lugar
donde Dios le hablo a Moisés, y agrego: “Si hubo alguna
desarmonía en el viaje, no importa, porque el venir aquí
ya lo compensa todo”.
Seguía en estado de estasis, porque el Sinaí quedaría
allí para siempre, mientras que lo vivenciado y adsorbido en
ese Santo lugar había significado un momento de Gloria que permanecería
en mi ser por siempre.