El Templo de la Libertad

Juan Rodríguez

 

 

Washington, DC

 4/17/10

Llegué a la ciudad capital de Washington, DC con una agenda bien programada, ya que sólo estaría dos días. Como confronté mucha dificultad para conseguir un hotel, tuve que alojarme en un hostal del cual no tenía clara su localización, aunque había leído que era céntrico. Al llegar,  me percaté que el mismo estaba a cinco cortos bloques del Capitolio, en el 515 de la calle East Capitol. Dejé mi equipaje en el cuarto y comencé a caminar hasta encontrarme con la fachada de este monumental edificio neoclásico. Lo sentí imponente e inmediatamente me llamó la atención su gigantesco domo, el cual puede divisarse desde diferentes puntos de la hermosa ciudad. Decidí dejar a un lado el plan que tenía esa mañana para dedicarme a visitarlo, lo que sólo había hecho una vez.

Sabiendo que el Ángel Micah de la Unidad, Hijo del Arcángel Miguel, sostiene un campo de fuerza sobre este domo, caminé hasta las escalinatas para hacer unas poderosas invocaciones. Esta es una ciudad amada por el Maestro Saint Germain, ya que aquí su discípulo Godfre Ray King, Señor de la Obediencia,  encarnó como el presidente George Washington. En varios libros de la “Actividad YO SOY” se relatan las visitas frecuentes que hacía el Maestro a esta ciudad para encargarse de diferentes asuntos concernientes a la expansión de las enseñanzas de la Nueva Era y la defensa de la Causa de la Luz.

El lema político y filosófico sobre el cual descansa la constitución de Estados Unidos es: E pluribus unum (De muchos, Uno). Años más tarde se adoptaría oficialmente uno nuevo: In God We Trust (En Dios Confiamos). Según la nación fue creciendo y se fueron creando más estados, sostener este lema era importante para no olvidar los principios de unidad y libertad en los cuales creyeron los Padres Fundadores. Estos representan la misma Ley del Uno, la cual explica que uno con Dios es la mayoría. Esta es también la ley sobre la cual descansa el Plan de Salvación de la  Tierra, que el Señor del Mundo. El Iniciador Uno, supervisa celosamente desde Su hogar en Shamballa. Su más ferviente deseo es que todos los seres humanos desarrollemos la conciencia de unidad. Sin la misma, la Tierra no podrá ser ascendida como una sola conciencia en Dios. En el plano físico, todo aquel que llega a este país con el deseo de fragmentarse, hacer daño y vivir encerrado en su pequeño mundo, le va mal y sufre, ya que no sabe que está nadando en contra de la corriente. Por el contrario, a todo el que llega con deseos de construir y unificar, se le abren todas las puertas. Cuando la Tierra ascienda, todos habremos desarrollados la Conciencia del Uno.

Al Capitolio se le conoce como el Templo de la Libertad. Para reafirmarlo se encuentra en el tope de su domo una gigantesca escultura de bronce conocida como la Estatua de la Libertad. La Señora de la Libertad está de pie, portando en su mano derecha una espada y en su izquierda un escudo y un laurel mientras observa apaciblemente hacia el este protegiendo el constante nacimiento de la Luz. No es casualidad que la fachada de este templo mire hacia el este, por donde sale el sol, nuestra mayor fuente de luz. En el salón original donde se reunían los senadores y representantes existe una estatua de mediano tamaño la cual muchos consideran que fue la primera Estatua de la Libertad en la nación. Bajo su radiación no sólo se creaban y autorizaban las nuevas leyes sino que también juraron los primeros presidentes. Saber esto es lo que nos permite ser cautelosos al pasar juicio sobre las decisiones que actualmente se toman aquí. Si bien es cierto que son tomadas por mentes humanas,  no es menos cierto que muchas de ellas han estado avaladas por la Jerarquía Espiritual de Shamballa. El rol social, económico, político que esta nación  juega en el resto del mundo no ha sido producto del azar. El principio de libertad también es sinónimo de democracia.

Debajo de la rotonda, adornada con hermosas esculturas y pinturas históricas,  se encuentra la cripta, en la cual hubiesen descansado los restos de George Washington. Sin embargo, antes de desencarnar expresó su deseo de que los mismos se quedaran en su casa en Mount Vernon, cerca de Alexandria en el estado de Virginia. Aunque el Capitolio no es el verdadero centro geográfico de la ciudad, la blanca estrella que se incrustó en el piso marca dramáticamente el lugar donde hubiese estado la tumba del primer presidente. Esta estrella divide a la ciudad en cuatro cuadrantes y es considerada el punto de origen de la misma. Simbólicamente, representa el eje desde el cual los Principios de Unidad y Libertad se expanden hacia los cuatro puntos cardinales de la nación y del mundo.

Desde la parte posterior del Capitolio, y no por casualidad, se puede apreciar en la distancia el Monumento a Washington, un gigantesco obelisco de mármol blanco que domina la ciudad. El representa el polo positivo, lo masculino, la fuerza y el poder del Rayo Azul que se siente en toda el área conocida como Capitol Hill.  Haciéndole balance se encuentra el domo del Capitolio, con su impactante Estatua de la Libertad, representando el polo femenino, que aquí se manifiesta como el Aspecto Protector de la Madre. Desde aquí se protege todo principio democrático en el mundo. 

Al terminar la visita guiada, la guía nos agradeció el haber mostrado tanta paciencia durante el minucioso registro de seguridad. Luego, con una voz profunda que me caló los huesos, nos narró lo que vivió el 9/11. Tan pronto supo del peligro que corría el Capitolio, tuvo que desalojarlo acompañada de una delegación británica. Cuando salieron a la calle, en medio del caos que se había desatado, los policías le gritaban: “Run for your lives!” (Salven sus vidas). Ya se había enterado de la tragedia de las Torres Gemelas y del Pentágono, donde trabajaba su esposo, y creyendo que moriría, sacó fuerzas y volteó hacia atrás para ver por última vez el Templo de la Libertad. Deseaba morir pensando en el principio bajo el cual había sido creada la nación que tanto amaba. Terminado este escalofriante relato, nos dijo con firmeza: “Si no mantenemos este edificio abierto, ellos [los terroristas], triunfan”. ¡Qué poderoso mensaje!  Antes de abandonar el edificio,  le agradecí profundamente que hubiera compartido su historia. Me miró directamente a los ojos y me dijo: “Lo cuento para que no se nos olvide”. Recordé inmediatamente las palabras tan certeras que Rubén había escrito en su artículo “Enfrentando la mentira”, que había recibido días antes del viaje: “El mal hay que tenerlo vigilado, saber sus pasos, estrategias, manipulaciones; nunca hay que darle la espalda, te da una puñalada trapera y se cae en sus redes fácilmente.”

Con estas palabras comprendí perfectamente a qué verdaderamente había venido a la ciudad capital, y estas fueron las importantes lecciones que aprendí en el Templo de la Libertad. ¡Gracias Padre!