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RUIDO DE LA MENTE
(MONTESCLAROS PARTE II)
-Libro Siete Nuevas Revelaciones-
Rubén Cedeño

Exterior de
Montesclaros. Foto: Rubén Cedeño
Montes Claros-Cantabria
17.9.2011
Aquí
en Montesclaros, solo y sin más compañía que el aislamiento, me
quedé en la celda que un fraile me asignó. Allí estaba la cama, el
baño, una mesa donde coloqué la computadora y al lado derecho tenía
una ventana que daba a un patio interno con un frondoso y noble
nogal. Este boquete ofrecía una luminosidad ancestral a este pequeño
lugar. La verdad es que estaba encantado de quedarme solo y en
silencio. Primera vez que en esta vida vivía algo semejante. Estaba
encantado.
Inmediatamente, al uno detenerse en el silencio, la
mente se queda con el eco de todas las palabras de cada una de las
personas que le han hablado a uno y le han dicho cosas en los
últimos instantes antes de entrar en el silencio. Luego la mente
sigue evocando de forma confusa los dichos, situaciones y
planteamientos de los más recientes momentos, de los días
anteriores. Todo esto aparece revuelto con los propios pensamientos
de miles de cosas que uno piensa.
En esta celada del monasterio era tal el silencio que
sólo se escuchaba el sordo zumbido que perciben los oídos y es señal
inequívoca de estar vivo. Aunque haya silencio en el exterior, en el
interior se lleva el escandaloso “ruido de la mente”.

Monasterio de Montesclaros. Foto: Rubén Cedeño
Por un tiempo, sea éste una horas, unos días o lo que
se pueda, es necesario acallar el ruido de la mente. Pero para eso
es imprescindible estar completamente solo, sin grupo, sin familia,
ni siquiera la pareja o el mejor amigo. Esto no es desamor, está
para ellos el resto de todos los tiempos por venir que se desee.
No hay peor ruido para la mente, y que la perturba
mucho, el que a cada instante las personas que lo rodean a uno tanto
por amabilidad como por imposición le estén diciendo a uno “Haz
esto”, Haz lo otro, “No lo hagas así”, “Hazlo asá”, “Esto es así”
con una infinidad de etcéteras. Así nos van llenando de conceptos,
ideas, juicios unos buenos, otros menos buenos, y a veces otros que
no son lo que debería ser, lo que deseamos, o no nos conviene. De
esta forma sin darse cuenta se va perdiendo en la mente la
cristalinidad, la pureza, la originalidad, lo espontáneo, lo nuevo,
lo bueno, lo constructivo. Pero a veces es casi imposible evitarlo
ante la lluvia incesante de sugerencias, órdenes, sentencias,
consejos y conceptos. No nos dan tiempo de detenerlos y tener un
respiro a ver en toda esta maraña mental de palabras con que somos
bombardeados, qué es lo que realmente es, lo que verdaderamente
deseamos, nos conviene o es lo mejor.
ESCOGENCIA
En una mente en paz, silenciosa,
tranquila, cuando el cuerpo tiene sed va sin ruido interior y toma
el agua que desea en las cantidades requeridas; cuando tiene hambre
come y se sirve lo que le apetece y requiere; cuando camina se
detiene, dobla o cruza a donde desea ir. Todo esto lo hace sin
conflicto, sin coacción, en silencio interior. Un terrible ruido
ensordecedor que a veces nubla la mente muchísimo es la escogencia.
Tener a cada instante que estar escogiendo para darle respuesta a la
gente que interroga ¿Te pongo el aire o te lo quito?, ¿Te sirvo
arroz o berenjenas?, ¿Quieres ir para acá o para allá? A veces es
tan terrible el ruido interior del que perturba con su
interrogaciones de escogencia, que le dice a uno ¿qué quieres, esto
o lo otro? Y se le contesta. Pero esto parece que no es suficiente y
vuelven a preguntar de nuevo, ¿pero tienes esto y lo otro
también?Todo es una confusión de ofrecimientos y escogencias. La
gente no oye lo que se les responde y así siguen preguntando. ¡Qué
perturbación! ¡Qué escándalo! ¡Qué conflicto tan terrible¡ Es para
volverse loco. Esto elevado potencialmente en la familia, la
sociedad, la política, la religión ha hecho que perdamos la paz, la
cordura, el razonamiento, la claridad mental, la percepción de lo
real, lo bueno, lo conveniente y ha sumido a la gente en el error,
la locura, la falta de percepción interna, se ha perdido el Contacto
Divino. Esto es confusión y tiene que cesar.
Solamente el retiro, el silencio, una mente solitaria
observando sin palabras ni conceptos, escogencia, opiniones, puede
atisbar la honestidad, la inofensividad, la frescura, la compasión.

Portería del
Convento de Montesclaros. Foto: Rubén Cedeño
VÍSPERAS
Llegó la tarde y lentamente el lugar comenzó a ser envuelto por una
misteriosa noche. El frío del otoño que lentamente avanzaba por esos
días se hacía sentir en el rostro y todo el cuerpo. Desde lo alto de
una colina frente al monasterio divisaba todo en completo silencio.
A lo lejos observaba entre las montañas, acallado por la distancia y
en un azul tenue por la creciente falta de luz, uno de los pantanos
del Ebro.
En la noche a las ocho y treinta fui llevado por un fraile para
rezar vísperas. La capilla era pequeña, silenciosa, pacífica,
adaptada para la poca población de religiosos que allí habitan.
Estaba muy bien decorada con pocos elementos muy bien puestos que la
hacía muy acogedora, como le gustaría a uno estar en un lugar de
recogimiento, silencio y oración.
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