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El Rey de la
Clase Rebecca Insaurralde Cano |
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Me dije para mis adentros: ¿será cierto, es posible que haga esto?? Era el año 1996, se organizaba un Seminario en Asunción al cual el Sr. Rubén Cedeño estaba invitado. Llegué antes de la hora indicada y entré al salón, me acerque a la primera fila. El Sr. Cedeño estaba ultimando los detalles para comenzar la charla. En ese momento pasaba a mi lado un compañero, nos miramos y con un gesto casi imperceptible ( ini siquiera dije una palabra!) le indiqué donde debía sentarse. ¡PARA QUÉ!!! En ese momento, se dio la vuelta el Sr. Cedeño y me increpó con una voz de trueno, diciéndome: “¡¿Qué es eso?! ¡¿Cómo le vas a decir al otro lo que tiene que hacer?!” Le miré y le pedí perdón, con una voz apenas audible. Me dijo: “A mí no, a él.” Y mirando al compañero, le dijo: “y vos ¡¿para qué le obedeces?!!” Comienzó la clase y dijo: “He visto cosas absurdas que no las entiendo, como por ejemplo, cuando una persona le hace seña a otro diciendo lo que debe hacer. Allí se están jugando dos estupideces al mismo momento: el que manda y el que obedece. Porque el que obedece no tiene porque obedecer y el que manda no tiene porque mandar. Si hay algo que se consigue en la Metafísica es la autoconciencia, es darse cuenta por uno mismo de lo que hay que hacer.” Era evidente que la clase era para mí. A medida que hablaba más, yo más me achicaba en mi asiento. Lo único que quería era desaparecer. Al día siguiente continuaba la charla. Me dije: “Bueno, si no vas, la única que va a salir perdiendo serás tú” y fui llegando a la clase. En la puerta me dijeron que las sillas de adelante eran sólo para facilitadores. El único sitio que quedaba libre era una silla en el último lugar y que daba justo en el pasillo. En ese momento el Sr. Cedeño venía caminando por el mismo, con una sonrisa de oreja a oreja y me dijo: “Mi amor, ¿como estás?, ¿te castigaron?” Le contesté: “No, me dijeron que las sillas de adelante sólo eran para facilitadores.” Y me preguntó: Y tú, ¿no eres facilitadora? Le contesté que no y entonces me dijo: “Pasa adelante, mi amor, para que seas facilitadora! Por supuesto que me levanté ,y me fui para adelante. Me colocó a su lado y me sentí la reina de la clase. Era tal cual lo había leído en el libro. ¡¡ERA CIERTO!!! Ante todo quiero agradecerle de corazón al Sr. Cedeño por las horas de inmensa felicidad que me proporcionan todas sus clases, que a pesar de ser regañón y que te pega esas puteadas de mil flor, me gusta como es. Dios bendiga por siempre al Sr. Rubén Cedeño!!!
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