40 AÑOS Y LOS QUE FALTAN
Por Miguel Martínez

 
    
Caracas, octubre 2009

Conocer a Rubén fue algo inesperado en mi vida, ya que prácticamente éramos de mundos completamente diferentes. La primera vez que lo vi fue en el Complejo Cultural Teresa Carreño en la sala José Félix Ribas. Estaba presentando su obra la “Cantata Infantil Simon Bolívar”, una gran obra para cientos de niños, y desde lejos pude percibir su talento y dirección ante al menos mil niños atentos a sus instrucciones. En eso le comenté a la persona que me había llevado al lugar: “Guao ese hombre tiene que ser espectacular, mira el dominio que despliega ante tantos niños”.
Pasaron meses. Me encontraba diseñando un corte de pelo, cuando de pronto oigo un tono de voz, el cual desconocía y que preguntaba por Miguel Martínez. Inmediatamente le contesté: - ¡soy yo! . Solté tijera y peine, deje la pobre cliente como una gallina matada a escobazos y me instale a hablar con Rubén. Rubén se presentó en mi peluquería con el fin de que le diera información acerca de unos alumnos suyos, que eran amigos míos y estaban desparecidos de forma muy irregular y el estaba muy preocupado. Pero eso después pasó a segundo lugar porque vino lo importante y es que “Dios crea las ratas y ellas se juntan”. Solo de verlo sabía que era un artista. Me cayó súper bien y lo sentí como decimos en criollo, “el propio pana”. Jamás lo vi como un tipo súper especial, intuía que era un gran intelectual, pero eso no me intimidaba para nada, y me dije: “Este tipo tiene un gran potencial para ser una rata”, como le decimos a los venezolanos capaces, sin temor, arriesgados y conocedores del mundo.
Sin preámbulos le dije: “Chamo, ¿que vas hacer esta noche?, te invito a rumbear”. La carita se le transformó, imagino que por primera vez iba a salir con unos verdaderos “locos de carretera”. -Si quiero ir, fue su respuesta. Acto seguido nos encaminamos al Centro Ciudad Comercial Tamanaco, que en esa época era el más moderno y espectacular de Caracas, conocido entre los pavos ( chicos modernos) de esos tiempos. Me fijé que Rubén llevaba unos walkman, ¿se acuerdan de ese artefacto? Era el último alarido de la moda tecnológica y como era de esperar, él ya lo tenía, iba escuchando ópera, ¿qué raro verdad? y nosotros queríamos escuchar salsa, a Donna Summer, en fin, música moderna. Sin embargo, nos íbamos ambientando, comenzamos a meternos a las tiendas a medirnos ropa y no comprábamos nada, Rubén observaba todo lo que hacíamos, le gustaba nuestro atrevimiento. Como panas nos abrazamos y caminamos por las pasarelas del Centro Comercial.
Al siguiente día, invitamos a Rubén a desayunar en mi casa. En verdad la ignorancia es atrevida, no tenía la más mínima idea de lo que él profesaba, ni de metafísica ni de su basto mundo espiritual. Así que terminado el desayuno le dije: “Pana vámonos para “Playa Culito”, que aunque suene mal así se llama esa playa que queda en el Estado Vargas. Me di cuenta que Rubén comenzaba a sacar su potencial de “rata”, pues en su maletín ya traía el traje de baño y demás complementos playeros y contestó: “Claro que sí, vámonos”. Nos montamos cinco personas en un malibú blanco, íbamos escuchando boleros de Lupita Dalesio y él cantaba todas esas canciones espectacularmente. Para mis adentros yo me decía: -Hasta cantante es, y de los buenos. Al llegar a la playa, nosotros cuatro exhibíamos sin reparo nuestros “hilos dentales” y Rubén con su traje de baño convencional, se quería como morir. Al vernos nos dijo: “Miguel, ustedes tienen más curvas que una carretera vieja”. Jesús Peña, que andaba con nosotros nos comentó: “Ustedes no saben con quien andan, pórtense bien dejen el desorden, Rubén es un maestro espiritual” Y yo matado de la risa le dije: -¡Que maestro del carajo! , si el es así, yo soy la Virgen María, así que deja la pendejada. La pasamos espectacular metiéndonos y burlándonos de todo el mundo, Rubén estaba feliz. Sin duda ya lo habíamos echado a perder, le fascinaba estar jodiendo con nosotros y todas las loqueras nos las aplaudía.
Así he pasado a ser parte de esos cuarenta años de Rubén, pero llenos de alegrías y travesuras. Por supuesto, la “Enseñanza Espiritual” me atrapó, pero como yo conocía a Rubén de otra forma, como pana, en vez de acomodarme, me puse peor, cada vez más travieso. Todavía vivimos inventando locuras a cada momento.
Recuerdo que en una oportunidad, íbamos por Altamira, una urbanización de clase alta en Caracas. Desde lejos vimos en el auto a una mujer con su novio, que se disponían a ingresar a un famoso club, pero ella iba vestida de traje largo en terciopelo azul oscuro y con la desfachatez de unos horrorosos zapatos blancos brillantes como de plástico, totalmente patéticos. Le comento a Rubén: “Que horrible esa mujer, esta loca, como se va a poner para un fiesta de noche un traje de terciopelo azul con zapatos blancos”. Sin decir nada reduzco la velocidad del vehículo, me acerco y me detengo frente al personaje y le digo: ¿Chica a ti no te han enseñado que un traje azul marino no se lleva con zapatos blancos y mucho menos de noche? ¡Te ves horrorosa! El hombre que andaba con ella de la mano, la soltó y la vio de arriba a abajo. Inmediatamente aceleré el vehículo, el pobre Rubén se metió casi en la guantera del carro y desmayado de risa me dijo: -“Miguel tu me vas a matar de un susto”.
Estando en el teatro Colón de Buenos Aires, para ver Tristán e Isolda de Wagner, en el foyer, deambulaban cantidad de mujeres con tapados de invierno de las mas finas pieles en diferentes estilos. Como ya había visitado con Rubén una peletería, estaba ducho en la materia. En cierto momento teniendo a una mujer delante de nosotros, hablando de su tapado le pregunto a Rubén: ¿Esa vaina es peluche o gato?, La mujer volteo y yo puse cara de “yo no fui”, para que no me descubriera. Así, pasamos revista a todas las encopetadas damas y sus respectivos abrigos. Luego en el intermedio de la ópera, le digo: -Quiero lanzar “taquitos de papel” a la gente. Rubén matado de risa, me dijo: - Ni se te ocurra estás en el Colón. No le hice caso, desbarate el programa, para apertrecharme de municiones, los pedacitos de papel los sumergía en coca cola para amasarlos y acto seguido, comencé desde el balcón a lanzar taquitos. Se los pegue a las mujeres en los moños, en los escotes y demás partes. Ya Rubén había asumido el bombardeo y nos decía cuales eran los mejores blancos. Nos agachábamos para que nadie nos viera. Como es de suponer, estábamos muertos de la risa, nadie jamás supo que éramos nosotros. Para aquel entonces ya Rubén no podía vivir sin hacer travesuras junto a mi.
Recuerdo que por una avenida de El Rosal, una urbanización caraqueña, venia una mujer como apurada y le digo a él, ya vas a ver lo que voy hacer. Detengo el auto y le digo: -“Señora corra que la vienen persiguiendo unos hombres” La mujer comenzó a correr como loca gritando ¡no me agarren, no me agarren” Y nosotros destornillados de risa. Rubén me decía: -Miguel eso es malo, nos va agarrar la ley del karma. En efecto, en una actividad dedicada a la Llama Violeta en Caracas, todos como buenos metafísicos nos vestimos de color morado, y cuando estábamos cruzando la calle, de un carro nos gritaron “esas berenjenas, para donde van con esos disfraces”. Y en eso Rubén dice: “Estamos pagando karma. Lo que le hacemos a los demás. Sin embargo, pedimos perdón y seguimos jodiendo como siempre.
Rubén ha sido siempre un hombre bromista, alegre, dispuesto a reflejar un gran humor ante toda circunstancia. Estando en Madrid en el aeropuerto de Barajas y yo andaba muy distraído y me dice: -Miguel despiértate, que me estas volviendo loco, tu no sabes ni por donde vas, ven vamos al baño. En eso entramos al baño y comienzan a pegar gritos, era que estábamos metidos en el baño de las mujeres. Por supuesto, salimos muertos de la risa. Otra vez que venia conmigo y agarro una escalera mecánica al revés.
Por lo general, al terminar cualquier actividad metafísica, nos montamos en mi auto colocamos una unidad de CD con música de moda y desplazándonos comenzamos ha hacer chistes. Una vez vimos a una pareja que estaba en la calle acariciándose y besándose, casi automáticamente le gritamos a su novia: - “Ese hombre es maricón” y salimos corriendo. En en otra oportunidad le gritamos: -Dale la concha, chúpaselo y acelerábamos el auto cagados de la risa.
Cierto día, el maestro Vaisman amigo de años de Rubencito, llegó al instituto que dirijo, supuestamente con un ilustre licenciado vicepresidente del Banco Central de Venezuela, Nos hizo jurar que nos íbamos a portar bien y nosotros para que el creyera le dijimos que si. Dicho personaje ilustre llegó, lo sentamos en la parte baja del instituto donde estaba la sala de espera con mesas y toldos al aire libre, al tiempo, ya Jesús y yo teníamos todo orquestado pues vestimos de mujer a un costurero que trabajaba allí, él comenzó a bailar, se le sentó en las piernas del ilustre personaje. El maestro Vaisman se quería como morir y Rubén desmayado de la risa nos preguntaba, que por qué hacíamos esas cosas. Para sorpresa de todos el licenciado terminó siendo nuestro cliente número uno y dijo que esa alegría, era la que el quería de nosotros.
Un día estábamos en una clínica, las personas en la sala de espera contaban como algunos de ellos habían sufrido accidentes quedándose con las piernas en las manos y las cabezas en los pies, en fin era pura negatividad. por lo que nos fuimos a la entrada de la edificación, donde estaba una ambulancia y sin percatarme que en ella tenían a un moribundo acostado, comencé a contarle a Rubén que había estado en un “velorio gay”, donde las locas rezaban, gritándole a la muerta, y yo le decía: - “Sigue la luz perra, descansa en paz”. Rubén estaba muerto de risa y todos los otros que escuchaban la historia gozando un mundo. De repente….. se levanta el moribundo de la ambulancia…… y nos dice: - “Cuéntenme otra historia, que ya se me quito lo que tenia”.
En verdad estar al lado de Rubén tantos años, ha sido para mi un disfrute a cabalidad, jamás hemos sabido lo que es estar tristes después de una actividad. Hemos vivido para sacar de nuestras circunstancias difíciles, chistes y bromas, con la sola finalidad de vivir en la alegría de la vida.
Agradecido estoy del Padre al ponerme en el camino ese amigo de las edades, que lo ha dado todo por el simple hecho, de ayudar a los demás a evolucionar en este maravilloso sendero donde todos hemos decidido transitar. Ups… no más seriedad, que nos ponemos empalagosos. Me voy porque Rubén me esta esperando para ir a disfrutar con unas mujeres dementes que atienden nuestra heladería favorita. A propósito, esas historias las dejo para una próxima oportunidad….