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Dedicado a mi gran amigo Rubén Cedeño
Este
es un escrito que me pidieron que escribiera hace meses para
conmemorar los 40 años que Rubén lleva comunicando la enseñanza
metafísica por el mundo, que se cumplirán el 26 de noviembre del
2009. Me he tardado en escribirlo porque lo primero que me pregunté
fue si a él le gustaría que se escribiese tanto sobre su persona,
aunque el momento lo ameritase. Luego me hice otra pregunta más
importante: ¿cómo podría resumir los 17 años de amistad que nos
unen? Han sido muchos años que contienen miles de anécdotas, las
cuales no pueden comprimirse en varias hojas de papel. Deben de
entender que estoy hablando de la persona que, desde el primer día
que la conocí, transformó mi vida para siempre. Hasta el día de hoy,
Rubén ha sido el amigo incondicional que más ha impactado mi forma
de vida, interior y exteriormente.
Nuestro
primer encuentro no es un secreto de estado, ya que ambos lo hemos
contado infinidad de veces en diferentes foros. Este encuentro es el
pilar sobre el cual se fundamenta nuestra amistad y el respeto que
siempre he tenido por el servicio que presta a la tan necesitada
humanidad. A Rubén lo vi por primera vez en el aeropuerto JFK de New
York. Vestido impecablemente de pies a cabeza, con un traje y un
maletín de marca, inmediatamente me impresionó por su gran seguridad
y presencia. Tan pronto me vio, me dijo que sería su ayudante y me
entregó su maletín. Era el mes de diciembre, y había venido a la
ciudad a dar conferencias. Pasaron varios días sin que nos
comunicáramos porque se me había instruido -erróneamente- que no lo
molestara. En las contadas ocasiones que lo llamé, para cerciorarme
que todo estaba bien, me preguntó extrañado qué pasaba que nadie lo
llamaba y lo habían dejado solo. Con mis explosivas carcajadas,
esquivaba siempre esa pregunta. Apenas comenzaba en la Metafísica y
no me atrevía a romper “reglas”.
Después que terminó de dictar sus conferencias, me había dicho que
se quedaría unos días en Manhattan. Como me iba a Puerto Rico a
pasar las Navidades con mi familia, se me ocurrió que se podía
quedar en mi pequeño estudio. El asunto era cómo decírselo sin que
me regañaran. Una noche, sin que nadie me viera, lo llamé aparte y
le comenté mi idea. Le expliqué que vivía en un pequeño estudio en
Harlem, que para aquella época era una zona de Llama Violeta, y si
quería podía quedarse allí. Tomamos un taxi y fuimos a mi
apartamentito para que lo viera y decidiera. A él le gustó el lugar
y el día antes de que me fuera de viaje, se mudó. Esa noche no
dormimos absolutamente nada. Nos sentamos en el piso y conversamos
hasta que nos sorprendió la madrugada. Hablamos abiertamente de todo
lo que nos apeteció, como dos amigos de toda la vida que se
confiesan sin vergüenza. Esa primera conversación se convirtió en la
base de nuestra amistad. A veces me pregunto qué hubiese pasado si
esa conversación no hubiese ocurrido, o si no hubiese tenido la
valentía de ofrecerle mi sencillo estudio. Todavía ambos recordamos
este momento en nuestras conversaciones presentes.
Aunque
han sido los años a su lado que me han ayudado a darme cuenta del
trabajo que descansa sobre sus hombros, siempre sentí respeto por lo
que hacía. Cuando lo conocí, ya dedicaba la mayor parte de su vida a
ir de país en país llevando la enseñanza Metafísica que había
transformado su mundo. Obviamente, el servicio siempre había sido
una constante en su vida, y ya trabajaba arduamente con todos los
niños de su país natal. Lo que más me ayudó a conocerlo y aceptarlo,
fue saber que por encima de todo lo que hacía y los reconocimientos
que había obtenido, era un gran ser humano. Recuerdo que me dije:
“si él puede, entonces yo también puedo”. En aquel momento me
faltaban muchos demonios que eliminar y quería cerciorarme que la
Metafísica era algo que podía ayudarme a ser feliz. Rubén me habló
de una vida mágica que me interesó, en la cual, me di cuenta, que la
vivía diariamente. Él siempre ha sido la práctica de todo lo que ha
predicado.
Rubén siguió visitándonos todos los años para el mes de diciembre, y
nuestra amistad fue creciendo como la espuma. Comencé a viajar a los
lugares donde daba conferencias, a asistir a congresos, y a
acompañarlo en los viajes que hacía para los comunicadores de la
enseñanza. Verdaderamente no hay palabras para describir lo que se
aprende estando a su lado. Tampoco hay nada con lo cual se puede
pagar. Nunca había estado frente a una persona que poseyera tanto
conocimiento sobre cualquier tema y tuviera tanta claridad,
seguridad y aplomo sobre lo que había decidido hacer en su vida.
Observé a un ser humano entregado en cuerpo y alma al servicio de
los demás, sin pensar que una pizca de lo que hacía se le devolvería
a cambio. Ha sido una experiencia maravillosa, que me ha ayudado a
ver los retos personales que tengo por delante.
Rubén
conoce gran parte de mi vida personal, la que siempre ha escuchado
sin ningún tipo de rechazo o prejuicios. Es un hombre que no
reclama; simplemente escucha. A su lado siempre he recibido
aceptación, compasión y muchos sabios consejos. Tiene la capacidad
de lanzar una frase o escribir una corta oración que saca a uno de
cualquier situación imperfecta. Tiene el don de dar amor y perdón en
toneladas, aunque lo traten injustamente. Nosotros siempre hemos
hablado profundamente sobre lo que nos sucede, ya que su herramienta
por excelencia es la comunicación, en todos los niveles.
Las
otras dos experiencias que hicieron que nuestra amistad creciera
fueron la visita que hizo a casa de mis padres mientras ofrecía
conferencias en Puerto Rico y la oportunidad que tuve de estar con
él y su familia cuando su madre desencarnó. En casa de mis padres
pasamos un par de horas solamente. Mi madre le cocinó, le dimos el
“tour” de la casa, hablamos muchísimo, y al final de la visita
recuerdo que me dijo: “ahora te conozco más”. El día que hablé con
Rubén, quien ya estaba en California debido a la desencarnación de
Norita, su madre, supe que tenía que estar a su lado por la tristeza
tan profunda que sentí en su voz. El aprendizaje durante esos días
fue intenso y me sentí privilegiado de haberlo apoyado en ese
momento de dolor.
No todas las experiencias que
hemos vivido han sido color de rosa, como la gente suele pensar.
Hemos vivido momentos de mucho dolor y tristeza, ya que los seres
humanos no hemos aprendido totalmente a cuidar lo bueno. Durante
esas pruebas de fuego, nos hemos unido más y con mucha oración hemos
salido a flote. Rubén es como el timón de un barco que una tormenta
puede zarandear pero nunca hundir. Su fe es inquebrantable. Su
personalidad es estoica. Su capacidad para reinventarse es
impresionante. Su incondicional amor por los seres humanos es
constante. Nunca antes había visto a nadie practicando tanto el
perdón.
Aunque
a Rubén usualmente lo veo dos veces al año (a veces una solamente),
no hay ni un solo día que no piense en él. Todos los días agradezco
a Dios el haberlo conocido. Cuando elevo mis oraciones al Padre, lo
que hago frecuentemente en un día, siempre hay un espacio para él.
Estoy totalmente consciente de que mi vida hubiese sido muy
diferente si no lo hubiese conocido. Cuando doy una conferencia de
Metafísica o escribo algún artículo metafísico, siempre está
presente en mi mente y corazón. Lo que me ha enseñado durante tantos
años permea toda mi vida. No me molesta reconocerlo porque ha sido
parte de la metamorfosis que comencé la noche que nos sentamos a
hablar en mi estudio en Harlem.
Obviamente,
este corto escrito no le hace justicia a nuestra amistad. Hubiese
necesitado escribir un libro. Pero de alguna manera es un gesto de
agradecimiento al ser humano que me brindó su amistad
desinteresadamente y me ayudó a encontrar mi verdadero camino. Él no
sólo ha sido mi fiel amigo sino mi padre y hermano, cada vez que lo
he necesitado. De más está decir que mi formación metafísica se la
debo sólo a él.
Rubén, gracias infinitas por estos “40 años en la Luz” durante los
cuales tu corriente de vida se ha dedicado a servirle con inmenso
amor al género humano y adelantar el plan que los Maestros conocen y
sirven. Me gustaría seguir a tu lado disfrutando de tu amistad y
contagiándome de tu alegría el tiempo que me quede por vivir en esta
Tierra. Sé con certeza que Dios está de tu parte y el Universo se
confabulará para que estés muchos años más entre nosotros
expandiendo la Luz. ¡Gracias, Padre!
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