“Abran los ojos”
Dana Nicola
Homenaje a Rubén Cedeño y 40 Años de Expansión de la Metafísica

 

     La primera vez que vi a Rubén Cedeño supe que estaba ante alguien muy especial, aunque al mismo tiempo me impactó por su naturalidad y sencillez. Había leído unos meses antes de conocerlo la “Pastillita de la Felicidad” -un bellísimo material de su autoría- y de allí en más había tratado de encontrarme con sus textos; me había vuelto metafísica en menos que canta un gallo porque después de años de leer esoterismo y afines, por fin encontraba a alguien que hablaba claro y me sugería qué hacer conmigo misma, punto en el que estaba necesitando ayuda urgente. Yo estaba fascinada, “por fin alguien a quien se le entiende”, pensaba. Como si fuera poco, sus textos hablaban sobre las Llaves Tonales, universo que por ser música olfateaba a la distancia como quien huele el pan caliente pero no sabe dónde queda la panadería; encontrar a alguien que lo explicara era casi tocar el cielo con las manos. Pero el autor vivía en Venezuela, eso se asumía desde las contratapas de los libros. “Ahora sí que estoy lista”, pensé, “¿cómo hago para aprender?” Imagínense mi felicidad cuando me enteré de que venía a dar conferencias a Montevideo. Hubiera pagado lo que fuera por asistir, pero no había que pagar: eran conferencias públicas y no tenían costo. Ya se darán cuenta de mi ignorancia funcional de aquel entonces porque en la Metafísica nunca se cobra por las clases; yo no lo sabía. Así que con una expectativa tremenda y sin más idea previa que la de los libros, me fui a la conferencia de Rubén Cedeño.

Me encontré con una sala repleta con varios cientos de personas, casi todos vistiendo algo violeta, muchísimos libros, muy bella música; yo me sentía como Harry Potter llegando a Hogwarts más o menos. No sabía bien qué hacer. Me senté por allí esperando que comenzara la conferencia y disfrutando de la música que sonaba. Cerré los ojos como hacían las personas que estaban a mi lado, pero jamás me imaginé lo iba a pasar. Cuando quise acordar un caballero estaba trepado en el escenario diciendo “abrrrran los ojossss…, la metafísica no es para dormir culebrassss…” y comenzó a rezongar porque estábamos “dormidos” haciendo las cosas sin “conciencia”. Eso dijo, y ¡cómo resonaba su voz, por Dios, ocupaba todo el espacio! Recuerdo haber mirado atónita alrededor porque algunas personas se levantaban de sus asientos y se iban, pero el caballero de los rezongos que por cierto era Rubén Cedeño, lejos de inquietarse dijo “no se preocupen, déjenlos que se vayan… eso es bueno porque son libres”. Entonces recuerdo que pensé: “ni soñando me voy, esto se puso interesante” y me reacomodé en la silla para observarlo mejor. Lo que sucedió a continuación fue una de esas clases en las que quedas haciendo din-don como una campana, vacío y lleno de algo que no sabes qué es. ¡Tantas cosas ciertas nos dijo en esa conferencia!, y tantas apuntaban a los cambios necesarios en mí misma, que escucharlo daba al mismo tiempo alegría y pena. Usaba Rubén Cedeño un tono fuerte y contundente, como para que aquello se te quedara grabado, así como hacen los profesores cuando quieren que te aprendas bien las cosas. Recuerdo perfectamente que muy cómoda no me sentía porque yo no quedaba bien parada con todo eso que le estaba escuchando hablar, pero no podía quitarle los ojos de encima, porque me preguntaba “¿por qué lo hace?”, “¿por qué este hombre que puede hacerse aplaudir tan fácilmente –que de hecho lo hicieron y rezongó- se arriesga a disgustar a las personas diciéndoles en qué están errando?” Me lo respondo ahora después de años de verlo trabajar, pero lo mismo pensé en aquel entonces observándolo: porque es un verdadero docente, abnegado y tenaz, gracias a Dios. Rubén Cedeño no intentaba gustar, intentaba que comprendiéramos, por eso me quedé y se ganó de una vez todo mi respeto. Lo mejor que se puede encontrar en la vida es a alguien que te quiera ayudar a aprender. Esa persona es tu amigo aunque lo conozcas poco. A veces les dicen maestros, pero el término no es lo que importa. Aprender es lo mejor que te puede pasar o casi lo único, porque no hay otra cosa para hacer. Digo me quedé porque nunca más falté a una de sus clases en mi país, y después también viajé para poder tener más clases; ahora, además, las veo televisadas por la Internet, no me las pierdo nunca porque las disfruto. Verlo a Rubén dando clases te enriquece más allá de la clase en sí misma. Siempre son buenas, no hay una igual a la otra porque siempre está trabajando para mejorar, siempre abnegado, a los rezongos o a las risas, siempre auténtico. Creo que por eso se le entiende, porque es natural y su metafísica no es una pose, es su vida.

Aquellas conferencias de mis inicios terminaron con un rap y el principal protagonista era Rubén que dirigía la coreografía trepado a una mesa en el escenario. Yo feliz confirmando mi excelentísima elección, y bailando arriba de la silla entusiasmada. Desde ese entonces hemos bailado un montón. Recuerdo en particular un viaje a Punta del Este en el que durante hora y media bailamos en el bus -o sea todo lo bailable que tenía cargado el IPod de Rubén- y la gente se reía y nos saludaba al ver pasar el coche con tremenda fiesta encima. La sencillez y la camaradería son naturalmente lógicas en una persona que gusta de compartir con otros lo que él es. También la alegría. Porque si tengo grabados sus ocasionales “despertadores rezongos” mucho más está en mis oídos su risa fuerte abaritonada y contagiosa. Han pasado diez años desde que lo oí decir “abran los ojos” por primera vez, y creo que de sorpresa los debo haber abierto grandotes, o de curiosa, no sé. El hecho es que todo de allí en más se ha vuelto interesante. Compartir con Rubén te llama a estar totalmente vivo, porque él lo está, y te lo invita. Y no importa lo que esté pasando siempre te ayuda a mirar y aparece la claridad de repente. A una persona así lo que te surge es en todo lo posible ayudarlo en su ejercicio. Por eso trato de colaborarle, pero siempre me parece que es él el que me colabora a mí porque cada vez que hacemos algo juntos gano aprendizaje y otro tanto de risa. No podría decir cuánto lo quiero y le agradezco. A la distancia bendigo el luminoso momento en que aunque incómoda por ignorante y soberbia, me reacomodé en la silla para prestarle más atención. Menos mal que nos dijo “abran los ojos”, porque si me los quedaba cerrados, pudiera habérmelo perdido.