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La
primera vez que vi a Rubén Cedeño supe que estaba ante alguien muy
especial, aunque al mismo tiempo me impactó por su naturalidad y
sencillez. Había leído unos meses antes de conocerlo la “Pastillita
de la Felicidad” -un bellísimo material de su autoría- y de allí en
más había tratado de encontrarme con sus textos; me había vuelto
metafísica en menos que canta un gallo porque después de años de
leer esoterismo y afines, por fin encontraba a alguien que hablaba
claro y me sugería qué hacer conmigo misma, punto en el que estaba
necesitando ayuda urgente. Yo estaba fascinada, “por fin alguien a
quien se le entiende”, pensaba. Como si fuera poco, sus textos
hablaban sobre las Llaves Tonales, universo que por ser música
olfateaba a la distancia como quien huele el pan caliente pero no
sabe dónde queda la panadería; encontrar a alguien que lo explicara
era casi tocar el cielo con las manos. Pero el autor vivía en
Venezuela, eso se asumía desde las contratapas de los libros. “Ahora
sí que estoy lista”, pensé, “¿cómo hago para aprender?” Imagínense
mi felicidad cuando me enteré de que venía a dar conferencias a
Montevideo. Hubiera pagado lo que fuera por asistir, pero no había
que pagar: eran conferencias públicas y no tenían costo. Ya se darán
cuenta de mi ignorancia funcional de aquel entonces porque en la
Metafísica nunca se cobra por las clases; yo no lo sabía. Así que
con una expectativa tremenda y sin más idea previa que la de los
libros, me fui a la conferencia de Rubén Cedeño.
Me
encontré con una sala repleta con varios cientos de personas, casi
todos vistiendo algo violeta, muchísimos libros, muy bella música;
yo me sentía como Harry Potter llegando a Hogwarts más o menos. No
sabía bien qué hacer. Me senté por allí esperando que comenzara la
conferencia y disfrutando de la música que sonaba. Cerré los ojos
como hacían las personas que estaban a mi lado, pero jamás me
imaginé lo iba a pasar. Cuando quise acordar un caballero estaba
trepado en el escenario diciendo “abrrrran los ojossss…, la
metafísica no es para dormir culebrassss…” y comenzó a rezongar
porque estábamos “dormidos” haciendo las cosas sin “conciencia”. Eso
dijo, y ¡cómo resonaba su voz, por Dios, ocupaba todo el espacio!
Recuerdo haber mirado atónita alrededor porque algunas personas se
levantaban de sus asientos y se iban, pero el caballero de los
rezongos que por cierto era Rubén Cedeño, lejos de inquietarse dijo
“no se preocupen, déjenlos que se vayan… eso es bueno porque son
libres”. Entonces recuerdo que pensé: “ni soñando me voy, esto se
puso interesante” y me reacomodé en la silla para observarlo mejor.
Lo que sucedió a continuación fue una de esas clases en las que
quedas haciendo din-don como una campana, vacío y lleno de algo que
no sabes qué es. ¡Tantas cosas ciertas nos dijo en esa conferencia!,
y tantas apuntaban a los cambios necesarios en mí misma, que
escucharlo daba al mismo tiempo alegría y pena. Usaba Rubén Cedeño
un tono fuerte y contundente, como para que aquello se te quedara
grabado, así como hacen los profesores cuando quieren que te
aprendas bien las cosas. Recuerdo perfectamente que muy cómoda no me
sentía porque yo no quedaba bien parada con todo eso que le estaba
escuchando hablar, pero no podía quitarle los ojos de encima, porque
me preguntaba “¿por qué lo hace?”, “¿por qué este hombre que puede
hacerse aplaudir tan fácilmente –que de hecho lo hicieron y rezongó-
se arriesga a disgustar a las personas diciéndoles en qué están
errando?” Me lo respondo ahora después de años de verlo trabajar,
pero lo mismo pensé en aquel entonces observándolo: porque es un
verdadero docente, abnegado y tenaz, gracias a Dios. Rubén Cedeño no
intentaba gustar, intentaba que comprendiéramos, por eso me quedé y
se ganó de una vez todo mi respeto. Lo mejor que se puede encontrar
en la vida es a alguien que te quiera ayudar a aprender. Esa persona
es tu amigo aunque lo conozcas poco. A veces les dicen maestros,
pero el término no es lo que importa. Aprender es lo mejor que te
puede pasar o casi lo único, porque no hay otra cosa para hacer.
Digo me quedé porque nunca más falté a una de sus clases en mi país,
y después también viajé para poder tener más clases; ahora, además,
las veo televisadas por la Internet, no me las pierdo nunca porque
las disfruto. Verlo a Rubén dando clases te enriquece más allá de la
clase en sí misma. Siempre son buenas, no hay una igual a la otra
porque siempre está trabajando para mejorar, siempre abnegado, a los
rezongos o a las risas, siempre auténtico. Creo que por eso se le
entiende, porque es natural y su metafísica no es una pose, es su
vida.
Aquellas
conferencias de mis inicios terminaron con un rap y el principal
protagonista era Rubén que dirigía la coreografía trepado a una mesa
en el escenario. Yo feliz confirmando mi excelentísima elección, y
bailando arriba de la silla entusiasmada. Desde ese entonces hemos
bailado un montón. Recuerdo en particular un viaje a Punta del Este
en el que durante hora y media bailamos en el bus -o sea todo lo
bailable que tenía cargado el IPod de Rubén- y la gente se reía y
nos saludaba al ver pasar el coche con tremenda fiesta encima. La
sencillez y la camaradería son naturalmente lógicas en una persona
que gusta de compartir con otros lo que él es. También la alegría.
Porque si tengo grabados sus ocasionales “despertadores rezongos”
mucho más está en mis oídos su risa fuerte abaritonada y contagiosa.
Han pasado diez años desde que lo oí decir “abran los ojos” por
primera vez, y creo que de sorpresa los debo haber abierto
grandotes, o de curiosa, no sé. El hecho es que todo de allí en más
se ha vuelto interesante. Compartir con Rubén te llama a estar
totalmente vivo, porque él lo está, y te lo invita. Y no importa lo
que esté pasando siempre te ayuda a mirar y aparece la claridad de
repente. A una persona así lo que te surge es en todo lo posible
ayudarlo en su ejercicio. Por eso trato de colaborarle, pero siempre
me parece que es él el que me colabora a mí porque cada vez que
hacemos algo juntos gano aprendizaje y otro tanto de risa. No podría
decir cuánto lo quiero y le agradezco. A la distancia bendigo el
luminoso momento en que aunque incómoda por ignorante y soberbia, me
reacomodé en la silla para prestarle más atención. Menos mal que nos
dijo “abran los ojos”, porque si me los quedaba cerrados, pudiera
habérmelo perdido.
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