Anécdota en Uruguay

Por Alejandro González

 

      

Montevideo, 16 de agosto del 2009


     Mi nombre es Alejandro González y quisiera contarles una anécdota muy interesante, respecto a las visitas que hace mas de 20 años viene realizando Rubén Cedeño al Uruguay, con motivo de enseñar Metafísica. Si bien no fue la primera, sino su segunda visita a nuestro país, los hechos que relataré son por demás pintorescos y entretenidos. Lamentablemente, no soy muy bueno con las fechas, pero tratare de ajustarme lo máximo posible a la veracidad de hechos y momentos.

     En la primavera del año 1995, Rubén fue invitado a dar conferencias en Montevideo y Punta del Este, la capital y el balneario más importante respectivamente del Uruguay, por una pareja de metafísicos que lo habían conocido en Córdoba, en un congreso. En dicho congreso, yo había comenzado a desarrollar una amistad tanto con Rubén como con la pareja en cuestión, por lo que estos últimos me pidieron que los ayudara en la organización. Gustosamente respondí que sí y me sume a los trabajos preparativos de dicho evento que se realizarían en el Ateneo de Montevideo. La planificación incluía dos conferencias en Montevideo y dos más en Punta del Este, ciudad que queda a unos 140 km. de la capital, para lo cual habíamos alquilado un auto. Debo aclarar que era la primera vez que participaba activamente en un evento, y todo me parecía que transcurría en total normalidad y armonía.

     Al llegar la noche de la conferencia, todo parecía estar en perfecto orden y yo me ubique en las primeras filas a recibir mi clase con total entusiasmo. Rubén hizo su entrada con su acostumbrado positivismo y carisma, cautivándonos a todos de inmediato. La charla fue un total éxito, y el Ateneo lleno de gente se levanto para saludar a Rubén al terminar su conferencia. Mientras eso ocurría, yo me dedique a acomodar las sillas y observar a cierta distancia la escena, esperando que todo se calmara para acercarme a saludarlo también.

     Para mi total sorpresa, antes de que eso ocurriera, repentinamente Rubén avanza a pasos decididos hasta donde yo estaba y con una gran sonrisa, exclamo: “si la montaña no va a Mahoma, Mahoma va a la montaña”. Alegremente estreche sus manos y le agradecí por la hermosa conferencia, a lo cual el le restó importancia y de inmediato me preguntó, con cierto aire de urgencia y nerviosismo: “Mañana vamos para Punta del Este en auto para dar conferencias, te vienes con nosotros, verdad?” Debo confesar que me sorprendió un poco la intensidad de la pregunta y quedé más sorprendido aún al responder automáticamente que sí, pero como de inmediato lo coordinamos con la pareja anfitriona y aceptaron gustosos mi compañía, no le di mayor importancia al asunto.

     Al otro día, enseguida del desayuno, coincidimos los cuatro en el hotel donde se estaba hospedando Rubén, y luego de subir maletas al auto, partimos alegremente rumbo a Punta del Este. El viaje fue muy agradable y durante el mismo se decidió que yo me quedaría en la misma habitación con Rubén y la pareja en otra habitación distinta. Llegamos cerca del mediodía al pequeño pero bonito hotel muy cerca de la playa, donde a su vez serían las conferencias esa noche y al otro día; de inmediato hicimos el check-in y ayude a subir las maletas de Rubén a su habitación. Al llegar a la misma, Rubén me tomó de un brazo con evidente nerviosismo y me dijo: “¡Me están persiguiendo, siento que me persiguen!”; yo quedé en blanco y comencé a hacer preguntas como “¿Quién? ¿Dónde? Pero si yo no vi a nadie. Cosa que alteraba aún más a Rubén, ya que obviamente yo aun no entendía que se trataba de algo que él sentía y no de un hecho factual. Rubén insistía en el asunto, por lo que traté de calmarlo y asegurarle que no me apartaría de su lado por si acaso. Esto pareció calmarlo un poco, pero durante el día y hasta la noche conservaba ese estado de alerta que me empezó a intrigar y a preguntarme qué era lo que sentía para estar así. Recuerdo que esa noche me costó mucho dormir y me moví toda la noche en mi cama; y al despertarme abruptamente en la madrugada, Rubén estaba sentado en su cama observándome.

     Al otro día era la segunda y última conferencia de Rubén en Punta del Este y a los anfitriones le costó mucho convencerlo de que pasáramos la noche en el hotel y partiéramos en la mañana, ya que Rubén quería irse esa misma noche luego del evento. Durante el día, le pregunte si seguía sintiendo que lo perseguían y me aseguró que por eso quería irse lo más pronto posible. Yo estaba ya tan nervioso como el propio Rubén, y me alivió haber finalizado esa noche sin inconvenientes yéndonos a la habitación casi sin cenar.

     Temprano en la mañana, subimos las maletas al auto, desayunamos muy frugalmente, nos despedimos amablemente de todos y nos fuimos al garaje del hotel que quedaba en el sótano del mismo. Rubén y yo nos sentamos detrás y la pareja anfitriona adelante; en el momento que encienden el auto, de la nada, aparecen dos personas de particular, nos enseñan una placa policíaca y preguntan por uno de los integrantes de la pareja. Todos quedamos mudos, y Rubén voltea su rostro, me mira con una leve sonrisa y me afirma: “¡Te lo dije!”. En segundos comprendí todo lo que había vivido ese hombre y las presiones a las que estaba expuesto. Mientras la policía nos informaba que el integrante requerido iba a estar demorado en una comisaría, se decidió que yo asumiera el volante del auto, Rubén se sentara a mi lado y la pareja mujer del requerido se sentara detrás, con un estado de nervios muy alterado.

     Tomé el volante y también la decisión de hacerle caso absolutamente a todo lo que me dijera Rubén, lamentándome de no haberle tomado el real peso a sus palabras cuando decía sentirse perseguido. Tomamos la carretera rumbo a Montevideo preguntándonos cual habría sido la causa de la detención del anfitrión. La pareja manejó algunas conjeturas, pero fueron superadas por decretos y sentencias positivas.

     Mientras Rubén observaba nerviosamente por el espejo retrovisor si algún vehículo nos perseguía, se tomó la decisión de ir de inmediato a la embajada de Venezuela; a lo cual yo propuse detenernos en mi casa a llamar por teléfono y buscar la dirección, ya que nos quedaba de pasada. Al llegar a la misma, Rubén tomó la guía telefónica y con rapidez pasaba las páginas sin encontrar la embajada una y otra vez, hasta que se la pedí ya que con su nerviosismo sería imposible hallarla. Hicimos las llamadas pertinentes y de inmediato salimos para la dirección correcta.

     Al llegar a la embajada de Venezuela, despedimos a la anfitriona y fuimos recibidos por un empleado que escuchó el relato de los hechos por nuestra propia boca. Al terminar le preguntamos que le parecía y nos dijo: “¡Es grave!”. Esa sentencia aumento nuestro estado nervioso a tal punto de pensar en el asilo político como una eventual solución.

     De inmediato fuimos conducidos ante la embajadora, la cual al vernos entrar gritó, al mejor estilo venezolano: “¡Rubén Cedeño! Pero qué honor y alegría conocerte!”, respondimos el saludo y nos sentamos con toda la intención de aclarar los hechos, lo cual para nuestra sorpresa fue imposible ya que constantemente la embajadora evitaba el tema, con cosas como: “¡Fulana, mira quien está aquí! ¡Es Rubén Cedeño, mija, el metafísico! Sí, el alumno de Conny Méndez” y aparecían empleadas de la embajada para que Rubén firmara autógrafos y dedicara libros. En determinado momento nos pidió que hiciéramos decretos por el país, a lo cual accedimos. Luego comenzamos a hablar de cualquier cosa; en un momento recuerdo que se hablaba de una feria internacional que se había realizado en Europa y a la que ambos había concurrido. Yo me mantenía en silencio, tratando de pensar en positivo y de aplicar la Metafísica que recién estaba comenzando a vivir.

     Parecía una reunión muy amena y como que no hubiese pasado nada. En determinado momento la embajadora recibió una llamada, salió un momento de la sala y con una amplia sonrisa nos dijo: “Rubén, quédate tranquilo que no te va a pasar nada. Tú no tienes nada que ver con esto y mañana te puedes ir del país sin problemas”. Nos dio su tarjeta personal y nos dijo que cualquier cosa la llamáramos, que ella iba a estar pendiente. El alma nos bajó al cuerpo otra vez, y la calma se apoderó de nosotros. Al salir de la embajada, Rubén se paró en la puerta y me dijo: “Ya lo liberaron”. Por supuesto que ni se me ocurrió dudar que se tratara del detenido, cosa que quedó confirmada por su pareja horas después.

     A
l otro día, Rubén tomó su vuelo sin problemas, no sin antes haber recibido entre llantos, las disculpas de los anfitriones y las promesas de no generar más causas que provocaran tales efectos.

     Esta pareja continuó durante años yendo a las clases de Rubén, incluso viajando al extranjero a congresos y seminarios, y siempre fueron bien recibidos, con amor y simpatía, ya que esos sucesos quedaron como el anecdotario gracioso de un pasado tormentoso. Esos hechos quedaron marcados en mi vida y la de todos los que allí estuvimos, creando lazos de cariño muy fuertes, producto de haber superado con éxito una situación tragicómica.