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Nunca
he asistido a una charla de metafísica con Rubén Cedeño – tampoco
he, salvando alguna que otra excepción de muy reciente data, bebido
de la fuente de sus escritos. He sido más afortunado.
Conocí
a Rubén Cedeño siendo yo apenas un muchacho de 12 años. Llevaba
tiempo pidiéndole a mis padres me pusieran en clases de música, y
finalmente habían tomado mi persistente deseo lo suficientemente en
serio, como para inscribirme en un conservatorio.
La
Escuela de Música Juan Manuel Olivares quedaba, en 1984, en una
casona acomodada de los años ’30 o ’40 en el barrio caraqueño de la
Alta Florida, allá donde la ciudad se agota en su oleaje para en
suave remanso besar las faldas de El Ávila, el majestuoso cerro que
preside el valle del río Guaire.
La
avidez de comenzar mis clases de Teoría y Solfeo en el conservatorio
venía acompañada por un cierto temor o respeto. Y es que la Juan
Manuel Olivares era una institución de renombre. Fundada por el
Maestro Juan Bautista Plaza, era cuna de grandes músicos e
intérpretes conocidos. No era nada excepcional ir a algún concierto
de fin de semana y encontrarse con que algunos de los ejecutantes, o
acaso el director de la orquesta, fuera profesor de la meritoria
escuela.
Mamá,
de niña, había pasado por los pasillos del conservatorio y contaba
historias de una profesora italiana, ‘la Mondolfi’ - tan esctricta,
que acabó saliéndose de las clases de piano. – “Era muy exigente”,
recalcaba mi abuela. Con este bagaje pisé por primera vez la escuela
cuando mamá me llevó a presentar el examen de admisión – y la
alegría de haber sido admitido venía empañada por la incógnita de lo
que me esperaba.
Así
las cosas, yo no estaba contando sino encontrarme con un profesor
grave y severo cuando subí los escalones que llevaban al salón de
clases. Allá en lo más alto, por encima de su segunda planta, habían
acondicionado lo que antes hubiera podido ser el desván de la casa.
Subir
al salón de Rubén era como encumbrar alguna torre de catedral
gótica: comenzaba uno a la boca de una escalinata ancha, cómoda, que
luego se empequeñecía y empinaba para finalmente hacerse tan
angosta, que sólo dejaba pasar una persona a la vez. Allá arriba,
bajo el techo de tejas rojas, se abría a la vista un saloncito
pequeño, acogedor, desde cuyas ventanas, que se abrían en tres
paredes del aula, tenía uno una vista íntima del Ávila.
¡Mi
Torre de Marfil, mi Paraíso! Parecía bastase sólo sacar la mano por
una de las diminutas ventanas, para rozar con las yemas el apretado
verde del felpudo montañoso. Hasta el día de hoy me acompañan los
versos de Fernando Paz Castillo:
¡Sendas de la tarde!
Sendas de oro y rosa bajo el sol postrero,
cansados caminos del azul distante
en que envuelve el aire la cumbre del cerro.
Y
es que no era raro que Rubén llegara una tarde cualquiera con un par
de hojas de música en las manos. – “Aquí les traigo, para que
aprendan música venezolana”. La lección sería cantar a cuatro voces
y prima vista la nueva pieza, y entre dirigirnos y corregirnos Rubén
aprovechaba para echarnos algún cuento del compositor. Pues una
tarde en la que había lloviznado, mientras se esclarecía el cielo en
la lontananza y los tenues rayos del sol entraban tímidos por los
cristales, dorando las pelusas que en el aire danzaban, llegó Rubén
con unas hojitas de Antonio Lauro, con esos maravillosos versos, que
estaban como hechos para la ocasión.
Pero
nada de eso podía yo intuir el primer día de clases. Todos estábamos
sentados en nuestros puestos, esperando a que el profesor llegara.
Presto y lleno de energía apareció Rubén, subiendo a paso rápido las
escaleras. Sin tiempo de analizar lo que estaba sucediendo, ví cómo
el profesor - ¡oh transgresión insólita! - de un salto se sentó
sobre el escritorio, y meciendo las piernas y palmoteando soltó una
retahíla de – “Ne, ne, salto ne – A ver, ¡repitan conmigo! Tresillo,
tresillo ne”. ¿Esto era una clase de Teoría y Solfeo? ¿Este era el
profesor grave y severo que me habían profetizado, como se le mete
miedo a un niño con el Coco? ¡Si este tipo estaba vestido a la
última moda ochentosa, con un corte de pelo, con el que mamá jamás
me hubiera permitido ir al colegio! Mis facciones deben haber estado
desencajadas...
– “¿Te
parece tonto lo que estamos haciendo?” Era obvio que para un pre-adolescente,
aquello de dar palmaditas y repetir monosílabos era el pináculo de
lo ridículo. Enmudecí. ¡Qué iba a saber yo que estaba presenciando
una clase de la más moderna pedagogía musical, según el método
Kodály! – “Si te parece tonto, escribe lo que estamos haciendo en el
pizarrón”. Se me detuvo el corazón. La Hora del Juicio Final había
llegado más rápido de lo que jamás hubiera imaginado.
Tembloroso
me puse de pie y me dirigí al pizarrón. Silencio sepulcral. Tomé un
trozo de tiza como quien sube al cadalso, resignado a morir ante los
ojos cautivos de un público atónito y ávido de sangre. La burla y el
desprecio de mis condiscípulos me eran seguros sin siquiera haber
comenzado el año escolar.
La
cabeza me tartamudeaba. Apenas y alcancé a escribir dos notas... –
“Bueno, por lo menos escribiste la mitad. Está bien. Siéntate.” No
daba crédito. Aquéllo me dejó aún más aturdido. Pudiendo haberme
expuesto al escarnio de mis compañeros al herir mi juvenil soberbia
con la desnudez de mi ignorancia, apenas bastó con darme a entender
mi falta de humildad. ¡Estaba redimido! – si bien a medias, pero al
fin y al cabo redimido, y eso bastaba para salvarme de las fauces
gulosas de un público circense.
En
ese momento comprendí lo que es ser un Maestro – en ese momento
comprendí lo que es el Amor. ¡Innecesario describir mi gratitud!
Esta pequeña anécdota ha sido una de las más grandes lecciones de mi
vida. Y en el largo recorrer desde entonces no sólo me ha
acompañado, sino que también me ha guiado.
Son
tantas la anécdotas – fueron tantas las lecciones. Los años bajo el
tutelaje de Rubén Cedeño fueron años de formación y aprendizaje, no
sólo musicales, sino para la Vida. ¡Y es que nosotros eramos sus
hijos! Nos decía una mentira blanca al llamarnos sus hijos musicales
– yo sabía que éramos sus hijos – así, a secas. Fueron días felices
y años preciados los transcurrido en aquel pequeño desván.
Años
en los que Rubén dio a manos llenas, sin distinción, agua de beber a
quien sed tuviera. Oírlo contar sobre sus viajes por el mundo, o
relatar su vivencia ante una gran obra de arte, era ser partícipe de
una intensísima experiencia interior. No sólo estimuló la sed por el
saber sino que también arraigó en mí el deber de cultivarme – pero,
más importante aún, me enseñó a abrir el corazón a todo lo bueno que
está a nuestro alrededor, a todo el bien que está en todas las
manifestaciones del universo, incluyéndonos a los hombres. De ahí se
desprende naturalmente, que uno desarrolle un sentido de lo sagrado.
Por
eso me considero tan afortunado. Porque, sin haber asistido a
charlas ni conferencias de metafísica, crecí y me formé en un
período decisivo de mi vida a la sombra de un árbol del buen
ejemplo, de un ejemplo viviente. Ser ejemplo viviente de bondad y de
amor, vale más que todos los credos y palabras de mundo.
Por
su gran capacidad de amar y de propinar alegría a borbotones, es
Rubén Cedeño para mí ejemplo de vida y modelo a seguir. Nosotros,
quienes hemos tenido la grandísima fortuna de que Rubén transformara
nuestras vidas, quedamos en deuda profunda. No con él, que ha sabido
dar sin esperar nada a cambio, sino en deuda de repartir, de lo que
se nos ha dado.
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