¡Tú no estás solo!

He observado que a nuestros grupos de Metafísica llega mucha gente que aparentemente se siente muy sola. Ellos aterrizan en los grupos buscando compañía y alivio a ese sentimiento tan desconcertante que produce tanta tristeza y hasta cierto tipo de resentimiento. Muchos no están listos para recibir la enseñanza que se les ofrece y deciden buscar otros derroteros. Otros se dan cuenta que, aunque el objetivo de los grupos no es socializar, las herramientas que se les ofrecen son tremendamente útiles para las tareas que en algún momento de su vida tienen que enfrentar, y deciden quedarse. De todas formas, a la Metafísica llega gente por infinidad de razones que serían imposible enumerar.

Yo soy de los que llegué en un momento de mi vida que encontré cerradas todas las puertas hacia la felicidad. Llegué en un momento que me sentía muy solo, o más que solo, terriblemente vacío. Había pasado lo seis meses más angustiosos de mi vida y necesitaba urgentemente abrir aunque fuera una sola puerta que me condujera a un lugar donde pudiera respirar aire fresco, libre de contaminación. Me ahogaba, me afixiaba, y estaba totalmente consciente de que el resultado podía ser nefasto. Todo esto era lo que en aquel tiempo se movía en mi interior.

Mientras mi interior se revolcaba, mi mundo exterior no podía ser mejor. Vivía en un cómodo apartamento cerca de Columbia University y tenía un trabajo bien remunerado, producto de una excelente educación universitaria. Mis metas estaban más que claras, y entre ellas se encontraba hacer un doctorado en Trabajo Social para regresar a mi país a desempeñarme como profesor universitario. Tenía un plan bien organizado que nadie hubiese podido dudar que fallara. Tampoco me preocupaban la sutiles presiones que se tenían de mí, ya que jamás hubiese imaginado que la vida tenía otro plan para mí.

Aunque llegué a mi primera clase de Metafísica sintiéndome exactamente como ya lo he descrito, la enseñanza que escuché fue mágica. Cada palabra, cada frase que escuché me hizo tanto sentido, que esa misma noche decidí quedarme. Todos los lunes esperaba con ansiedad ese alimento que se me daba y se convertía en el sostenimiento de mi vida durante una semana. Muchas fueron las noches que amanecí devorándome todos los textos que me recomendaban y conseguía con cierta dificultad. Ponía en práctica todo lo que aprendía, con frecuencia viendo los resultados inmediatamente.
Según fue pasando el tiempo, toda aquella tempestad se fue despejando y aquellos perturbadores sentimientos fueron lentamente desapareciendo. Fueron días difíciles los que viví, pero nadie nunca me prometió que había escogido un camino fácil. Lo primero que aprendí fue que mi mente era la que había fabricado todos aquellos estados de ánimo que atravesaba y que, por consecuencia, no eran reales. Es preferible decir que respondían a una programación mental, producto de las instituciones en las cuales me había desenvuelto (familia, escuela e iglesia). Esta primera enseñanza fue la primera pieza que encontré del complicado rompecabezas que tenía que armar. La base de toda nuestra vida es La ley de Mentalismo: todo es Mente; lo que tú piensas se manifiesta; aquello en lo que pones tu atención, lo atraes hacia tí; tu mundo exterior es un exacto reflejo de tus pensamientos.

A mí nunca me faltaron buenas amistades que alegraran mi vida. Mi vacío, mi soledad no se debían a la carencia de personas o de afecto, sino a la falta de una enseñanza que me esclareciera los grandes misterios de la vida y me llevara al portal de la verdadera felicidad que anhelaba. La mayoría de la gente que se siente vacía o sola y hace esfuerzos sobrehumanos por llenar su mundo de cosas materiales, nunca logra deshacerse de estos sentimientos, ya que no logran tener claro qué es lo que buscan o les hace falta. Tú puedes disfrutar y tener todas las cosas materiales del mundo, pero teniendo siempre claro que son pasajeras y que nunca desenredarán los rollos que has creado con tu mente. Shakespeare lo comprendió perfectamente cuando dijo que la vida era un gran teatro donde todos nosotros éramos los principales actores.
La verdad es que nunca hemos estados solos. Dentro de cada uno de nosotros, Dios siempre se ha expresado de muchas maneras. Lo que sucede es que no lo hemos tenido consciente porque nos enseñaron que estábamos separados por una distancia abismal y que Él estaba en un lugar inalcanzable llamado "cielo". Nos lo enseñaron de esta forma para que le temiéramos y nos portáramos bien. Es que parece ser que el mundo siempre se ha confabulado para hacernos seres dependientes. ¡Quiero decirte que esa no es la Verdad! Dios se expresa dentro de tí, conoce todas tus necesidades y siempre te ha acompañado. Dios es el sostenimiento de tu vida, y por eso tu corazón palpita y tu cuerpo físico funciona inteligentemente.

También has vivido engañado pensando que la soledad existe, lo que tampoco es cierto, ya que la verdad es que tú la has creado con tu mente. Tú le has dado vida, y ella continúa expresádose en función de tus pensamientos y sentimientos. El día que le quites tu atención, ella desaparecerá, como han desaparecido tantas cosas de tu mundo. La soledad es un concepto que muchas personas utilizan para manipular condiciones, situaciones y seres humanos. Por ejemplo, la asociamos con la edad y la vejez, pensando que después de cierta edad vamos a estar "viejos y solos". Los padres la utilizan para que sus hijos siempre vivan con ellos, sin importar el estancamiento que pueda producir en sus vidas. También la utilizamos para justificar todos los sacrificios que hacemos buscando una pareja sentimental. En fin, la utilizamos como una gran excusa para todo.


Dentro de poco voy a cumplir 40 años, y me he visto casi forzado a hacer una reevaluación de lo que han sido cuatro décadas llenas de tantas experiencias y vivencias. Ha sido hermoso mirar restrospectivamente mi vida y salir airoso de tan peligrosa tarea. No hay remordimientos. Ya no añoro tener otra edad que no se ésta, a la cual he llegado por esfuerzo propio y con la ayuda de incontables seres que he encontrado en el camino, desde mis padres hasta seres que nunca he visto en mi vida. Me siento un hombre pleno, maduro, y tengo los mismos deseos de superarme y aprender que tuve el primer año que pisé un salón de clases universitario.

Yo nunca estuve solo, y aquellas etapas de desasosiego e incertidumbre fueron producto de la ignorancia de toda esta enseñanza metafísica que ahora tengo y comparto diariamente con todos los seres que me rodean. Tú tampoco nunca has estado solo, sino que le has permitido a tu mente crear un estado de aparente soledad que temporalmente ha nublado tu verdadero camino. El día que puedas despejar tu camino, te encontrarás en el portal que conduce al descubrimiento de tu verdadera naturaleza y la felicidad que tanto has buscado. Una vez allí, será tu prerrogativa continuar hacia adelante o simplemente quedarte donde estás.


Juan Rodríguez, imparte clases de Metafísca los jueves en Manhattan y los martes en West New York. Correo electrónico: JRodrg2121@aol.com