LLORANDO ANTE FRANCISCO
RUBÉN CEDEÑO
Del Libro "Francisco"

 

 

Rubén Cedeño junto a la estatua de San Francisco en San Damiano. Assisi, Italia.



      Estoy viniendo aquí, a la tumba de Francisco en Assisi, desde 1976 cuando tenía 24 años. Ya perdí la cuenta de las veces que he visitado esta cripta donde están los restos de Su cuerpo. Cuando apenas veo la tumba de Francisco, todo conocimiento que hay en mi mente de quién es, quién pudo ser o quién será hoy Francisco desaparece de mi mente. En el espíritu no hay razonamientos de la mente, la mente es de la personalidad. Al estar delante de la tumba de Francisco de inmediato estallo en sollozos y busco una silla cerca del sarcófago; a ratos, recostando la cabeza en la base de piedra del altar que sostiene su ataúd, sigo llorando inconsolablemente. No hago otra cosa que llorar. Cada vez que vengo me pasa lo mismo.


      Es inevitable estar frente al Ser que fue Francisco y no confrontarse a uno mismo, viendo que Él, siendo tan grande, es tan pobre y humilde, y uno, que no es nada, es tan orgulloso; que Él, siendo tan sabio, da su enseñanza con tanta simplicidad, y uno, que es tan ignorante, tiene que dárselas de intelectual; que Él, viviendo de acuerdo con la “Voluntad Divina”, no es voluntarioso ni mandón, y uno, que vive de acuerdo con la voluntad personal, es tan autoritario y agresor; que Él, siendo tan bello espiritualmente, se vestía con tanta sencillez, y que uno, con una vida espiritual tan a medias, se viste con tanto lujo; que Él, viviendo en la “Verdad Espiritual”, es tan modesto y humilde en sus predicaciones, y uno, que tiene verdades a medias, es tan arrogante. Todo esto y muchas cosas que resultan inexplicables, me dan ganas de llorar y seguir llorando. No lloro por esos huesos, sino por la sensación que me produce “Presencia Viva” del Ser que está vivo y una vez animó el cuerpo de Francisco.
En fin, Francisco es un modelo de vida que sin alcanzarlo trato de vivirlo, porque todos podemos adoptarlo, y así, vivir más cerca de lo que somos en espíritu.


      A Francisco, sollozando, le pido ayuda, porque delante del Ser que ahora está vivo y fue Él, me veo pobre, impotente, incapaz, imposibilitado de lo tan grande, importante y responsable que hay que hacer en la propagación de la Enseñanza Espiritual; y sé, en lo más profundo de mi corazón, que es Él, solo Él, es quien hace todo lo que digo y lo que hago, y me permite realizarlo.


      Sé que Él conoce todas mis fallas, errores, las faltas que cometo y he cometido. Que por ello, no merezco hacer lo que hago por la Enseñanza Espiritual, soy indigno de todo y no merezco que Él me tome en cuenta. Sin embargo, siempre me dice presente, me apoya; jamás me ha abandonado –ni en la noche más oscura de mi vida– y nunca me ha acusado de nada, de lo malo que creo que hago, de mis errores, ni me ha reprochado mi conducta. Esto es lo que en la vida me da justificados motivos para perdonar las fallas de todo tipo que los demás tienen, y las injusticias que cometen conmigo. Él es quien me da el ejemplo y la inspiración para que se sostenga la actividad espiritual de los “Facilitadores de la Enseñanza Espiritual”. Él es el “Facilitador Mayor” de todos nosotros, y gracias a Él, le podemos dar cabida en nuestra enseñanza –sin condenar ni juzgar– a orgullosos, traidores, injustos, corruptos, ignorantes, gente llena de odio, fea, mentirosa, menesterosa, rencorosa, homosexuales, travestis y prostitutas. Solo a Él le debemos eso. No sé si los demás Maestros juzgan estas condiciones como impedimentos para ser iniciados o instructores de sus Enseñanzas, pero sé y estoy seguro de que Él no lo hace. No solamente eso, sino que deja que gente así pueda ser Facilitador de la Enseñanza Espiritual; eso sí que es algo atrevido y glorioso de Su parte.


      Assisi es el único lugar donde verdaderamente descansa mi alma y donde me siento como en casa; donde me puedo quitar los zapatos, recostarme sobre el pecho de la presencia de Francisco a descansar,
comer la comida casera de mi hogar, encontrar lo que me gusta y la manera de ser espiritual que me agrada. Me encanta la manera de ser espiritual de Francisco. He tenido el ofrecimiento, no sé si cierto o falso, de acceder a supuestos cielos más altos que los de Él, y he dicho rotundamente que no; me ha dado horror pensar que mi alma pueda ir a otra parte que no sea al lado de Él. Yo me quiero quedar en el cielo de los menores, los humildes; en el cielo de los “pobres de espíritu”, aunque no lo merezca, no sea humilde y sea la contradicción de lo que Francisco es.