Metafísica Sede Central

 

 

HIROSHIMA
Rubén Cedeño

 


Prefectura de Comercio de Hiroshima

 

 

Hiroshima 3.10.2008


Al llegar a un lugar como Hiróshima no se sabe ni qué pensar o decir, solo sentir dolor. Es como cuando se está en el Museo del Holocausto de Israel o en el Campo de exterminio de Auschwitz. A uno le entra una gran pena que enmudece. Ante los efectos del odio que ha producido dolor y tantas muertes de inocentes en una guerra, no hay nada que decir a menos que se grite desesperado: ¡Basta de odiar! Hay que reflexionar que grandes conflagraciones masivas, como una guerra o la destrucción de Hiroshima comienza por odios individuales, como el que puede tener alguien contra una persona por diferencias religiosas, puntos de vistas diversos, el ataque injusto a personas que solo hacen el bien, un desencuentro político, deseos de dominar o envidia, por que alguien sea mas que los demás. Eso se une a otros odios y así sucesivamente se va conformando un egregor, hasta literalmente terminar en algo como la explosión de una bomba como aquí en Hiroshima. Después, en esos sitios hacen parques de la Paz como aquí, pero eso no resuelve nada. Los que murieron injustamente no se pueden devolver a la vida, el dolor sufrido no se puede borrar, deja sus profundas heridas. Estos parques y monumentos a la “Paz” en sitios donde ha habido grandes sufrimientos masivos, los hace el ser humano, para de alguna manera sentirse liberado de su culpa, en el fondo sabe que es producto de su odio, no lo hace a la Paz, se lo hace a si mismo a su propio arrepentimiento. Aquí murieron 120.000 personas una mañana de junio a las ocho y quince minutos de 1945. Sólo quedó en pie un edificio que se ve desde el monumento de la Paz y es la Cámara de Comercio, totalmente arruinado. Así queda la gente cuando es víctima de las fuertes agresiones y guerras emocionales y mentales. Como ruinas producto del odio, hay gente en los hospitales y cárceles. Y saber, que con tan sólo un poco de “Amor Compasivo” Asumiendo: “TE PERDONO” nada de esto sucede, el odio se disuelve. Con el vuelo de la mente, llevado por los sentimientos místicos del corazón, aunados a la imaginación voy a los Templos de hermosos rostros y figuras compasivas de las Madre Kannon que hay en Japón y con toda el alma visualizo introduciendo todo el odio de las personas, el tuyo, el mío, el que amenaza, el que condena, el de todos dentro del corazón de la Madre de Misericordia, para que lo disuelva, sobre todo la enemistad generada por razones religiosas, políticas y sociales, para que protejan, hagan intocables a las víctimas inocentes que sólo trabajan por el bien de los demás, sin competencias, sin interés personalista, a diferencia de los que no hacen nada, y sólo desean impedir la labor de los buenos.

 

 

Sebastián Wernicke, Rubén Cedeño, Martín Anello y Fernando Candiotto en Hiroshima