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DESPERTANDO
Por Mario Aguilera

Mario Aguilera
Mi primera clase con Rubén Cedeño fue en Octubre de 1990 a la edad
de 18 años.
Hacia 3 meses que había empezado a estudiar el “4 en 1” de Conny
Méndez, las “Cartas Metafísicas” de Carola de Goya y el libro
“Principios” de Rubén Cedeño, cuando anunciaron en el grupo que el
autor de “Principios” vendría a Córdoba a dar una clase.
La ilusión
interna que colmó todo mi ser no tiene palabras para ser descriptas,
era como un sentimiento de sed interna de conocimientos que nos
podían entregar en ese momento al sólo imaginar la sabiduría que
vendría de las manos de Rubén.
Por supuesto, como uno tenía la ilusión de que el conocimiento y la
sabiduría la tienen sólo las personas mayores sobre todo vestidas
con túnica o algo similar, mi primer shock fue descubrir cuando en
la conferencia apareció una persona joven con vestimenta moderna
para dar la clase y eso me alegró en el alma.
Me acuerdo como si fuese ayer de esa primera clase. Iba a dar “La
creación del universo” y una persona del público empezó a moverse y
cambiarse de lugar interrumpiendo la clase. Rubén sólo la miró y
preguntó a la audiencia: “¿de qué estábamos hablando?” A lo que la
gente comenzó a decir: “de la creación del universo”, “del principio
de todo”, etc.; y Rubén decía: “no, de eso no estábamos hablando”, y
lo repetía ante cada frase que se decía, hasta que una persona dijo:
“ del Cristo” y Rubén asintió y cambió la clase de la Creación por
la del Cristo.

Graciela Costantino y
Mario Aguilera
Lo primero que
me invadió fue un deseo de saltar por encima de todos y agarrar a la
persona que se había movido de lugar y ahorcarla por la pérdida de
la clase de la Creación. Luego, en lo que Rubén fue hablando, me fui
calmando internamente hasta que empecé a disfrutar de las maravillas
que nos transmitía.
Nunca nadie en la vida me había explicado la divinidad de esa manera
y desperté una admiración tremenda por Rubén, la facilidad con que
trabajaba temas tan altos, profundos e internos. Al finalizar,
preguntó quien quería dar clases de Metafísica y terminé levantando
la mano.
Me había
encantado ver una persona joven, actualizada, erudita y ordenada
dando una clase, que despertó un sentimiento muy profundo en mi
persona de dar clases y poder llegar a transmitir la enseñanza de
esa manera.
A los tres meses estaba armando mi primer grupo de metafísica
comenzando una nueva etapa en mi vida.
Con el andar del tiempo se sucedieron seminarios, viajes, congresos
en los cuales pudimos ir compartiendo y generando una amistad de ya
20 años.
Todavía sigo recordando y poniendo en práctica esa primera clasesita
del Cristo, la cual la tengo tan grabada a fuego dentro mío que le
agradezco y agradeceré de por vida a Rubén el haberme abierto los
ojos en tantos aspectos de la vida.
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