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VIAJE A LAS CIUDADES ETÉRICAS DEL DESIERTO DE ARIZONA Por Sebastián Wernicke Arizona, 16 al 18 de Abril del 2010.
QUINTA PARTE
JUAN EL AMADO Juan El Amado fue aquel discípulo a quién Jesús amó, y que más amó a Jesús, según nos muestran los hechos. Cuenta A.D.K. Luk que Juan conoce a Jesús cuando fue bautizado por Juan el Bautista en el río Jordán, y desde entonces sintió una irresistible atracción magnética que lo mantuvo junto a Jesús durante los 3 años de su ministerio, hasta el mismo momento de su crucifixión, durante los 30 años luego de Su Ascensión, donde Jesús siguió visitando a Juan y a María para darles instrucción. Y todavía hoy en día, Juan sigue los rastros de Luz que el aura de Jesús va dejando en sus travesías cósmicas. Luego de ser bautizado, Jesús se va 40 días al desierto y Juan lo sigue y le lleva agua y comida. Jesús le dice que no puede comer ni beber. A los días, Juan insiste, y Jesús nuevamente rechaza la ofrenda. A los días, Juan insiste, y Jesús le vuelve a implorar que lo deje solo. Juan no abandonó a Jesús, y estuvo pendiente de él hasta su regreso del desierto. Hay que saber discernir cual es el ‘dharma’, o la acción inteligente y adecuada a seguir por cada quién y en cada momento en particular. El dharma de Juan era ofrecerle a Jesús agua y comida; el dharma de Jesús era no aceptarla. El dharma de Juan era insistir; el dharma de Jesús era volver a rechazarla. El dharma de Juan era insistir una y otra vez; el dharma de Jesús, rechazar una y otra vez, mientras estuviera en ayuno, pero luego de los 40 días, el dharma de Jesús sería aceptar finalmente la ofrenda y agradecerla. Facilitador y Discípulo pasan por una tienda de ropa, y D le pregunta a F si necesita algo; su dharma es ser atento. F le responde agradecidamente que no necesita nada; su dharma es no estar apegado a nada, y por lo tanto no necesitar de nada. D le pregunta entonces si le gusta una camisa polo; su dharma es insistir. F le dice que si; su dharma es decir la verdad. D va a buscar la camisa y se la regala a F; su dharma es ser generoso, y además agradecido con quién le facilita la Enseñanza Espiritual. F la acepta gozoso y le agradece el gesto con un abrazo; su dharma es aceptar el regalo y agradecerlo. Otro día, F y D pasan por la misma tienda, y F le regala una camisa a D; el dharma de F es ser generoso y atento con quienes lo asisten, y el dharma de D es aceptar el regalo y agradecerlo. Cuando apresaron a Jesús, todos sus discípulos lo abandonaron, y Pedro lo negó tres veces, pero Juan se vistió como los sacerdotes e ingresó en la misma sala donde lo estaban juzgando. De allí lo acompañó hasta el pie de la cruz, y Jesús le encomendó a María. Juan nos representó a todos nosotros en el momento en que María se convertía en nuestra Madre.
La enseñanza más grande que nos deja Juan El Amado, es el amor que demostró hacia su Maestro con sus acciones y al haberse quedado junto a él incondicionalmente.
AMOR DEL DISCÍPULO Cuando uno se convierte en instructor de una persona que pide ser instruida y formada como un servidor mundial, lo que menos uno quisiera es ser causa de conflicto para el estudiante. Por lo mismo que no sabe y necesita ser instruido, el estudiante está propenso a equivocarse y cometer errores, consciente o inconscientemente, pero el día que no se equivoque más va a ser el día que deje de hacer el esfuerzo por mejorarse. El estudiante de piano nunca será suficientemente bueno para su maestro, siempre tendrá cosas que mejorar, y aún si superara al maestro en su técnica, siempre puede seguir superándose a sí mismo, y para eso debe seguir siendo exigente. El estudiante no puede tener temor a equivocarse, y el error no puede ser causa de conflicto, ofensa, enojo, y mucho menos causal de abandono. Si se comete un error, se corrige, se repara y se sigue adelante. Lo que jamás puede hacer un estudiante es reclamar al instructor porque lo esté corrigiendo, o por la forma de decirle las cosas o señalarle los errores. Esta es la mayor falta de amor, cuando el estudiante ataca a su instructor por sentirse ofendido al recibir una corrección. Cuando se da una corrección, debe recibirse con plena atención y discernimiento, debe ponderarse su razón y sensatez, y debe actuarse conforme a la mejor comprensión que se tenga de lo que se ha señalado. Las explicaciones, excusas o aclaraciones de porqué se actuó de esta o aquella manera, queriendo hacer ver al instructor que en realidad no fue un error, no tiene ninguna razón de ser, está completamente fuera de lugar, el instructor no lo necesita, lo que él necesita es que se comprenda la forma correcta de actuar y se corrija de inmediato. El instructor ni siquiera espera que se le pida perdón, sino que se tome consciencia y se perfeccione el actuar. Cuando el estudiante se ofende por el señalamiento, se enoja y se estanca en su necia actitud de querer tener la razón, lo sepa o no, esa energía es un ataque directo al instructor, que lo sentirá y se verá afectado por la rebeldía y enojo del estudiante, y sufrirá dolorosamente al sentirse culpable por haberle hecho daño a su amado discípulo, que inmisericordemente lo acusa de maltrato. Si el estudiante no repara esa falta de amor con su instructor y no hace a un lado su necedad, no podrá seguir siendo instruido, ya que a un estudiante que no se le pueden señalar errores, ya no hay nada que se le pueda enseñar.
AGRADECIMIENTO
Rubén Cedeño en Grand Canyon, Junio del 2007
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