Padre Mario -Pistoia
Por: Rubén CedeñoEdgardo y su esposa Cyla, cada vez que me invitaban a cenar en su apartamento de Buenos Aires se desvivían en comentarios de alabanzas sobre el Padre Mario y me invitaron a visitar su tumba en González Catán, en las afueras de la ciudad. Cyla lo había conocido, y cada vez que lo mencionaba, se le iluminaba la cara con una sonrisa de complacencia. La verdad es que como no lo conocía, acepté la invitación sin ninguna tipo de sentimiento interno. Llegamos al lugar y al entrar al jardín de una especie de casa, al lado de una iglesia y un gigantesco colegio, nos encontramos con Perla, una señora ya de cierta edad, hermosa, con un notorio collar de perlas, elegantemente vestida, bien maquillada –aunque discretamente– con ese aire inconfundible de mujer de alta sociedad, de expresiones dulces y pausadas que de inmediato me cautivaron. Al saber que era venezolano, comenzó a explicarme cómo había conocido Venezuela junto al Padre Mario, que era invitado por el presidente de la República de Venezuela de aquel entonces, Carlos Andrés Pérez, para realizarle curaciones a algunos miembros de su familia. Además de esto, Perla, con sus ojos iluminados, su voz exaltada por una discreta emoción, comenzó a contarme parte de la vida del Padre Mario. Me dijo que el Padre Mario había nacido en Pistoia. De inmediato recordé que una vez había pasado por allí, de paso a Torre del Lago de Puccini, cerca de Florencia. Siguió Perla contándome que la familia del Padre Mario se había venido a la Argentina como inmigrantes, y como dejaron al Padre Mario abandonado, tuvo que ser repatriado a Italia. Me afirmó que el Padre Pío le había dicho al Padre Mario: “Lo que yo hago en Italia tú lo tienes que hacer en América”.
Rubén Cedeño y Perla
Como Perla no me podía contar allí de pie, toda la vida del Padre Mario, atentamente me regaló un libro con la biografía que había escrito de él, y me lo dedicó. Quedé encantado. Visitamos el museo que Perla había hecho en la casa donde vivió el padre Mario, y la verdad es que su casa había sido un primor, todo hermoso, lindos muebles y bellísimos objetos. En un lugar especial estaba una moderna y bien hecha escultura de una mano con una tela sobrepuesta que simbolizaba el poder curativo del Padre Mario por medio de sus manos.
Tumba del Padre Pio
Fuimos a la tumba del Padre Mario, que estaba en el jardín, ya que inicialmente lo habían enterrado en el distinguido cementerio de la Recoleta de Buenos Aires, pero Perla hizo lo indecible por traérselo hasta este lugar. Una fila de gente devota se agolpaba en una especie de capillita blanca donde se encontraba un altar sobre su sarcófago. Dándole la vuelta a la pequeña construcción, encontré dos huecos y les dije a los Musi: “Por aquí respira el Padre Mario”. Después me enteré que por esas aberturas la gente habla con el Padre Mario y le hace las peticiones de sus milagros. Visitamos la iglesia, los colegios e institutos educacionales construidos con ayudas por el Padre Mario. Nos fuimos encantados, y al montarme en el auto de los Musi, exclamé: “Aquí la santa es Perla. No sé mucho sobre el Padre Mario, pero si les puedo decir, que si el Padre Mario va a ser santo, es porque Perla también es santa. Es ella la que lo va ha hacer santo”.
A los pocos meses, en Buenos Aires estrenaron la película “Las Manos”, sobre la vida del Padre Mario, y el mismo día del estreno a la primera función fui corriendo a verla. Sentado en la sala de cine me entero, que Perla estaba de muerte por un cáncer en la matriz y fue a ver al Padre Mario, quien la sanó, y de cómo ella abandonó su familia, esposo e hijos para consagrarse a la obra del Padre Mario. Más adelante, en el film, se ve como Perla se agencia de viajar a Pistoia para que el Padre Mario encuentre su perdida familia. Aunque la película es sobre el Padre Mario, se ve a las claras como es Perla, interpretada por la actriz Graciela Borges, la primera actriz de la obra, y dije gustoso en pleno cine: “¡Pero si yo soy amigo de Perla!”. Era la primera vez que era amigo de alguien que representan en una película comercial. Al terminar la película me fui a la casa, desbaraté la biblioteca buscando el libro sobre el Padre Mario que me había regalado Perla –el cual no me había leído– lo encontré y me lo devoré esa misma noche.
Como en poco tiempo iríamos con los Musi y un grupo de estudiantes de metafisica a Italia, nos pusimos a ver la posibilidad de visitar la casa natal del Padre Mario. Así fue como vinimos a parar a Pistoia, ciudad pequeña, acogedora, con una hermosa catedral románica con aditamentos góticos y una pintura de Jesús en su cripta que me encantó. Cerca de allí estaba la casa del Padre Mario. Al llegar, descubrimos que la casa del Padre Mario era un convento de monjas Clarisas. Uno del grupo tocó por el intercomunicador para que nos abrieran. Después de una franca negativa y el grupo insistir en entrar, salió una monjita pequeña, no muy simpática, que nos dijo que el convento estaba en obras y que sólo nos podía mostrar la iglesia, lo que hizo sin regalarnos ni siquiera una sonrisa. Después de todo el grupo suplicar, asintió en mostrarnos la habitación donde había nacido el Padre Mario; nos encantó, y tomamos películas y fotos. Queríamos ver la pared donde, según la película y el libro de Perla, el Padre Mario había dejado un grafito con su nombre. La monja nos abandonó, y después de esperar un rato, de repente, de forma intempestiva, irrumpió en el silencio sonriente, positiva, esta única mujer, grande, gruesa, enérgica, de voz de contralto, firme y convincente, vestida con ropa de trotar y con el pelo corto pero descubierto. Y le pregunté: “¿Quién eres tú?”. Ella me respondió: “¡Sor Donatella!”. Y le incriminé, “¿qué hace vestida así?”. Me respondió sonriente: “Estoy trabajando”. Todo el grupo hizo al unísono empatía con la inusitada “sor”. Ella nos llevó por la calle a la parte de atrás del convento, a un salón dedicado al Padre Mario que tenía una foto de éste. Habló con nosotros, contestó nuestras preguntas. Al final de todo recogimos una donación para las clarisas, y caminando por la calle, ya despidiéndonos, Sor Donatella, con los billetes enrollados en su mano derecha, la alzó, y meneándola con una sonrisa pícara en su rostro lleno de entusiasmo, nos dijo: “Ahora sí vamos a rezar por ustedes”. Nos faltaba algo que hacer en Pistoia, y era ir a la cafetería que aparecía en la película, y aunque sabía que era una locación totalmente cinematográfica, queríamos verla. Por supuesto, no la encontramos. La primera cafetería que encontramos, en ella nos metimos, y dijimos: “Esta es la cafetería del Padre Mario y Perla”. Quedamos encantados de Pistoia.
Casa Natal del Padre Mario en Pistoia
Casa Natal del Padre Mario
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