NO JUZGUÉIS


Rubén Cedeño
México D.F. 5 de octubre del 2001.


Juzgar es emitir un juicio sobre alguien, una situación o cosa, haciéndole una imagen mental, cliché o etiqueta, que generalmente no es la VERDAD, sino una idea muy personal que nos hacemos del asunto a nuestra conveniencia, muchas veces por envidia, celos, competencia y complejos que tenemos.

Cuando alguien es diferente a nosotros, tiene otra moral, color de piel, distinta religión, pertenece a otro grupo espiritual, clase social, posee otras costumbres, no es de nuestra nacionalidad, difiere en la manera de pensar o de sentir, estamos propensos a juzgar.

La causa de que juzguemos está en que creemos que somos superiores a los demás, que nuestra religión es la única verdadera, que nuestra nacionalidad es más importante que la de otros, que nuestro grupo espiritual tiene la razón, que nuestra clase social es más exquisita. Esto es el recubrimiento de un orgullo que nos está matando, es agresividad y, por consecuencia, falta de Amor. Esta falta de amor termina ocasionándonos enfermedades, problemas y hasta la ruina personal.

El comienzo del camino que conduce al cielo y a la santidad, está en no juzgar ni calificar; veamos lo que veamos, oigamos lo que oigamos, digan lo que digan, no respondamos, no nos apresuremos a defendernos, acordémonos de perdonar y decir solamente: “Perdono y olvido para siempre eso que dijiste de mí. Hoy estarás conmigo en el Paraíso”.

Es muy común encontrar a personas que se dicen espirituales y están condenando los actos de otros que también tratan de realizar lo mismo; no se dan cuenta que niegan su espiritualidad cuando mueven sus dedos para escribir contra alguien o retuercen su lengua para condenar a su hermano que, en otra dirección, está tratando de hacer algo por los demás. Recordemos que: “Dios es Amor”, “Sois Dioses”. Pero no somos seres divinos, ni activamos nuestro Cristo Interior, cuando actuamos contrariamente a los Aspectos de Dios, en este caso, el Amor.

No hay nada que nos caiga peor que ser juzgados, que alguien diga de nosotros algo desagradable; eso nos altera, nos da rabia, no nos deja dormir, provoca diversas reacciones en palabras y acciones, muchas veces groseras y dañinas. Pero, ¿por qué somos juzgados?

Los defectos que vemos en los demás son los que nosotros mismos tenemos. Así que no hay forma más evidente de delatar cómo somos y decirle a los demás nuestras debilidades, que escribiendo o hablando contra alguien, juzgando. Generalmente, somos peores o estamos en condiciones más detestables que la persona a la que le entablamos el juicio. Por esto, Jesús nos interroga: “¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo?”. Si decimos que alguien es inmoral, orgulloso, vanidoso, prepotente o autosuficiente, nosotros somos peores que todo eso, más inmorales, por el sólo hecho de juzgar. Peor que todo lo criticado es nuestro juicio.

Jesús exhorta: “¡Hipócrita! Saca primero la viga de tu propio ojo y entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano”. En la activación de nuestro Cristo Interno, para que realmente actúe, creo que donde debemos detenernos es en: “Sacar primero la viga de nuestro ojo”. Esto sólo se logra haciendo lo siguiente: Quédate en silencio y ponte a observarte, a ver lo que piensas y sientes; cuando te mueva algo, observa tu rabia, tu dolor, tu orgullo, tu falta de compasión, tu crítica; obsérvate en silencio y comenzarás a conocerte. En eso se nos puede ir toda la vida. Nuestra misión no es estar viendo pajas en los ojos de los demás. Jesús dice claramente: “No he venido a juzgar al mundo, sino a salvar al mundo”.

La verdadera caridad cristiana es estar entre los que necesitan ayuda, prestándoles servicio, y las más necesitadas son aquellas personas a las que condenamos.

Estas Enseñanzas están dedicadas a todo el mundo, especialmente a esas personas que son juzgadas por aquellos que se creen perfectos y no lo son.

Jesús no dice nada de lo que le pasará al que juzgue, pero da a entender que puede ser algo terrible, cuando expresa: “Pero yo no busco mi gloria; hay quien la busca y juzga”.

Muchas personas confunden juicio con observación o darse cuenta. Fijarse que alguien tiene una camisa roja no es juicio, es darse cuenta del color con el que está vestida la persona. Pero si se dice: “Fulano está vestido de rojo, es un cualquiera”, allí hay juicio.

Darse cuenta que algo está sucio, para limpiarlo; que alguien canta desafinado, para que afine; que está despeinado, para que se arregle; desordenado, para que se ordene; no es juicio y no se debe confundir, ya que es importante observar las cosas y no perder la capacidad de darse cuenta.

El juicio viene al darnos cuenta de algo y juzgar aquello. Debemos cuidarnos mucho en esto, ya que a veces nos creemos superiores a alguien en alguna cosa y con derecho a estarlo corrigiendo, y esto encubre un orgullo fatalista que nos puede hundir en el más profundo abismo de creernos jueces de los demás.


CON LA MEDIDA CON QUE MEDÍS
Recordemos la Ley de Causa y Efecto que Jesús enseñó: “Con la medida con que medís, seréis medido”. Todo lo que hacemos se nos devuelve, y lo que nos pasa ahora es que se nos están regresando las cosas que les hemos hecho a los demás en el pasado. A nosotros nos juzgan porque a veces juzgamos a los demás, y no vayamos a decir que no lo hacemos. Todos condenamos, aunque sea un poquitín y sin darnos cuenta. Otras veces somos juzgados para que desenvolvamos nuestra humildad, y si así es, no nos debemos defender, porque se perdería el efecto de la acción que tanto nos beneficiaría.

Jesús nos recomienda: “No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzguéis, seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados, perdonad y seréis perdonados. Porque con el juicio con que juzguéis, seréis juzgados”. Generalmente, somos peores o estamos en condiciones más detestables que la persona a la que le entablamos el juicio.

Jesús dijo: “Todos los que tomen espada, a espada perecerán”. Esto es así: si uno condena a alguien al infierno, el atraso, la ignorancia, la desgracia divina, la angustia, la desesperación, todo eso será para uno. Tal vez en el momento no nos demos cuenta ni lo veamos, pero a la larga nos sucederá. Viendo el cumplimiento de esta ley positivamente, quiere decir que si consideramos que los demás son bellos, van al cielo, son amados por Dios, inteligentes, buena gente, todas esas cualidades son nuestras también. Uno ve reflejado en los demás, lo que uno mismo es.

Refiriéndose exactamente a esto, San Pablo expresa: “En lo que juzgas a otro te condenas a ti mismo; porque tú, que juzgas, haces lo mismo”. Él es claro y tajante cuando afirma: “Pues en lo que juzgas a otro, te condenas a ti mismo”.

 

OTRAS RELIGIONES
Uno no debe estar juzgando a la gente porque practica otra religión, pertenece a un grupo espiritual diferente o tiene distintas ideas. Jesús expresa al respecto: “También tengo otras ovejas que no son de este redil”.

No sé por qué se empeñan, los que pertenecen a iglesias organizadas, sociedades esotéricas y grupos supuestamente espirituales, en juzgar a los que no comparten su forma de pensar. Es regular escucharlos comentar: “ése está condenado”, “aquél está tomado por las fuerzas siniestras”, “tú eres un pecador”, “Dios te va a castigar”. Resulta que el Evangelio dice: “Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvado por Él”. Al hablar de no condenar y de salvación, nos estamos refiriendo al “Perdón”. Así que antes de condenar a alguien, acordémonos de perdonar. Digamos siempre: “Te doy mi amor y mi perdón”. Así que, si quieres emprender esta bellísima misión de salvar al mundo, deja ya de estar juzgando.

Es “anticrística” la actividad de algunas personas que viven criticando debido a sus diferencias religiosas, cuando debería ser todo lo contrario. Las personas religiosas son las primeras llamadas a dar el ejemplo de vivir Crísticamente, sin criticar ni juzgar a los demás. Muchas personas se apoyan y se justifican en la Biblia u otros libros para condenar puntos de vista religiosos distintos a los de ellas; esto es un orgullo espiritual que aniquila todo vestigio de amor, de espiritualidad, y que va en contra del mandato Crístico: “Amaos los unos a los otros”. Esto significa que si condenamos a alguien a la perdición por no tener la misma creencia que nosotros, con ese juicio estamos condenándonos a un infierno peor que el de la persona a la que enjuiciamos.


VIVIR SIN JUZGAR

Prueba vivir sin juzgar y verás cómo te vas a sentir de bien y a gusto, ya que nadie te juzgará a ti; esto va a traer paz a tu alma y sosiego a tu corazón. Te sentirás amado por todo el mundo, ya que tú amarás al mundo.

Basta ya de seguir arrojándole piedras a los demás, cuando todavía no somos perfectos físicamente. En realidad, cada uno de nosotros debería estar pendiente de las vigas que están en nuestros ojos, y no de las pajitas que los demás puedan tener en los suyos.

No nos corresponde juzgar, mirar, ni calificar lo que hacen los demás; eso es problema del que lo hace, no nuestro. Generalmente vemos y criticamos las pequeñeces de los demás para no ver los grandes errores que nosotros cometemos. Si alguien entra en juicio de humanos por lo que haces y dices, no te preocupes en defenderte, porque el Cristo actuará por ti y habrá de hacer lo que sea necesario, en el momento apropiado. Si alguien no te quiere o no te acepta, no te mortifiques; debes perseverar, que al final el triunfo será tuyo. “No juzguéis para que no seáis juzgados”. “Con la medida que midáis, seréis medidos”.

El Maestro Jesús nos enseña, en forma clara y precisa, a no estar buscando la pajita en el ojo de nuestro hermano, esto es, pequeñeces en el carácter de los demás, porque lo más seguro es que tengamos una viga en el nuestro o un error peor al que criticamos en nuestro prójimo.

Jesús es todavía más tolerante al aclarar: “Al que oye mis palabras y no las guarda, yo no lo juzgo”. Si el propio Jesús se exime de juzgar, cómo nos atrevemos a estar hablando mal de lo que otro hace; lo más seguro es que nosotros lo estemos haciendo peor. Un Maestro así, como Jesús, que es capaz de no juzgar, incluso a aquél que no hace lo que Él dice, es como a mí me gusta; estas cosas de Jesús son la razón por la cual lo quiero y amo con locura. Ése es un verdadero Maestro. Así es como tenemos que ser: como Jesús. Si Jesús no juzga al que no cumple con sus palabras, tampoco condenemos al que no cumple con la nuestra, no acepta nuestras creencias, ya no está en nuestro grupo o no practica nuestra religión.

 

Metafísica Sede Central ®