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MEXICO MAGICO



Juan Rodríguez

Dedicado a mi amigo Juan Manuel Laguna

Este viaje a México se comenzó a gestar en la ciudad de Los Ángeles, California, en el verano del año 2000. Había viajado allí con un grupo de estudiantes de Nueva York, para llegar a los pies del Monte Shasta, donde hacía setenta años el Maestro Saint Germain había contactado a su discípulo Guy Ballard. Rubén, quien volaría desde México para encontrarnos, nos acompañaría durante este recorrido.

Cuando llegamos al hotel, Rubén sacó de su maleta una camiseta con un dibujo de la Piedra Solar para regalármela. Quedé impactado con el diseño y sus brillantes colores. Como soy Leo, pensé que me la había regalado por esa razón. Meses después, me llegó el libro “El sol” escrito por Rubén, el cual tenía como portada la Piedra Solar. Sin querer, le comencé a tomar cariño a este sagrado símbolo de la cultura azteca.

En diciembre de ese mismo año, conocí a Juan Manuel Laguna, un joven mexicano que nos visitó durante unas conferencias que Rubén ofreció en Nueva York. Luego, Juanma, como le llamo cariñosamente, me visitó por varios días y me trajo de regalo un plato decorativo con el diseño de la Piedra Solar. Así comprendí que todo ésto no podía ser producto de la casualidad.

Cuando Juanma se enteró que iría a México durante mis vacaciones de Semana Santa, quiso que me quedara en su casa y le diera un par de conferencias a su recién formado grupo. Tan pronto me ofreció dar clases, ya no tuve dudas de que tenía que regresar a Méjico. Volé un 27 de marzo del 2002 (fecha que sumada dá 7) y me senté en el asiento 16A (número que también suma 7). Por pura causalidad, regresaría a Nueva York el 7 de abril. ¡Demasiada perfección!

Juan Manuel me recibió con sus dos hermanos, con los que inmediatamente me conecté. Entre ellos existe cierta complicidad que fue un deleite observar. Los tres hermanos son facilitadores de la Enseñanza. Juan Manuel es un genio de las computadoras, Omar está terminando su tesis para recibirse de abogado, y Daniel estudia su primer año de arquitectura. Creo que Dios me los puso en el camino para que hicieran de mi estadía en México una experiencia mágica.

Las dos conferencias públicas que ofrecí sobre el Maestro Jesús hicieron que se derramara mucho amor. Volver a ver a los facilitadores mexicanos, con quienes usualmente sólo comparto en los congresos internacionales, fue tremenda alegría. Me llenaron de tanto amor y me brindaron tantas atenciones, que me sentí profundamente agradecido. Respiramos tanta armonía que, después que terminamos de cenar la última noche, nadie quería despedirse. Para cerrar con broche de oro, le pedí a Juanma que me llevara a la Plaza Garibaldi para escuchar México lindo y querido, la llave tonal de la Señora Mágica, Guardiana Silenciosa de México. La escuchamos extáticos mientras nos fundimos en un gran abrazo fraternal. Para finalizar la velada, Juanma y sus dos hermanos contrataron a otro mariachi para dedicarme una hermosa canción de su natal Salamanca. ¡Qué gran noche!

Al siguiente día de haber terminado el ciclo de conferencias, me llevaron a visitar el Hotel Holiday Inn del Zócalo, la tercera plaza más grande del mundo. Desde su terraza, donde desayunamos, se podía apreciar el Palacio Nacional, la Catedral Metropolitana y otros edificios gubernamentales. Me asomé al balcón para saludar a la Señora Mágica y a nuestros Padres Solares Helios y Vesta. Una Energía se derramó sorpresivamente, sin haber hecho ningún esfuerzo, y percibí que toda la plaza está inundada de ella. ¡Qué hermoso ver la gigantesca bandera de México, con sus tres franjas: verde, blanca y roja, ondular majestuosamente sobre ese cielo mágico!

No es un secreto el amor que siempre le he profesado a Katiuska, la secretaria de Conny Méndez. Desde que la ví en una foto frente al Monumento a la Revolución, quise visitarlo. Ya frente a él, me dije: “Aquí estuvo Katiuska”. Sé que esto puede sonar tonto, pero son momentos que tienen grandes significado para mí. Muchas veces he deseado haber conocido a estas maravillosas almas que nos hicieron el camino más fácil.

Como era Semana Santa, mucha gente se había ido a vacacionar fuera de la ciudad, dándonos la oportunidad de adueñarnos de sus monumentos, su arte, sus grandes y hermosas avenidas, la amabilidad de su gente y su belleza.

Hice que Daniel me tirara unas fotos frente a El Ángel, un monumento dedicado a los héroes de la independencia, localizado en la Avenida Reforma. De noche, su iluminación hace pensar que un angel, escapado del cielo, descansa en su gran tope. A pasos de allí, está la archifamosa Zona Rosa, llena de tanta libertad, que es una aventura recorrer cada una de sus estrechas calles.

Nuestra primera gran excursión fue a las Pirámides de Teotihuacán, aproximadamente a una hora de la ciudad. Llegamos a las once de la mañana y el sol brillaba intensamente. Antes de comenzar el recorrido, nos sentamos bajo la sombra de un árbol a leer el artículo Magia Azteca, escrito por Rubén Cedeño. Éste contiene la explicación metafísica de los tres puntos magnéticos de México: Teotihuacán, el Museo Nacional de Antropología y el Cerro del Tepeyac.

La primera parada en Teotihuacán (Lugar donde los hombres se trasforman en dioses) fue en la Pirámide del Sol, la más alta de este grandioso centro religioso. Aunque la subida es un poco difícil, vale la pena el esfuerzo, porque la vista es impresionante. Nos unimos para hacer un tratamiento de Llama Violeta para ayudar a disolver los registros negativos que allí existen debido a los sacrificios humanos que se practicaron. Subimos a la Pirámide de la Luna, que tiene la vista más impactante de la Calzada de los Muertos, la vía central que corre de un extremo a otro del centro y conecta a todos los templos.

La Pirámide del Sol es la tercera más grande del mundo. Contrario a las pirámides egipcias, éstas son sólidas por dentro, aunque se comenta que tienen pasadizos secretos que nadie ha podido penetrar. No se ha descubierto quiénes las construyeron, ni quiénes eran lo pobladores de estas tierras. Se conoce que todo el complejo era un gran centro religioso donde se adoraba al sol.

Caminamos hasta la Ciudadela, para llegar hasta el Templo de Quezalcóatl, dios de la sabiduría y el sacerdocio, representado como una serpiente emplumada. La belleza del templo nos enmudeció. Frente a nosotros quedó una pequeña pirámide de siete escalones, llena de símbolos esótericos, como las grandes cabezas de serpiente emplumadas con la boca abierta, por donde se podía introducir un brazo humano. Estas serpientes son el símbolo del Cristo Interno.

Frente al Parque de Chapultepec está uno de los museos más importantes del mundo: el Museo Nacional de Antropología. La primera sala que visitamos fue la Mexica, la más grande de todo el museo. Aquí se exhibe permanentemente la Piedra Solar, originalmente hallada en el Zócalo. Le pedí a Juanma que me tirara una foto con flash sin que los guardias se dieran cuenta, ya que me quería llevar este recuerdo. Fue el amor que sentí por ella, lo que me hizo planificar este viaje. Me sentí pequeño frente a este monolito que esotéricamente representa la esencia del ser humano.

Llegamos a la Villa de Guadalupe en el año que el Papa Juan Pablo II canonizaría al indio Juan Diego. Quizá por eso ya se sentían los aires de fiesta. Me encanta ver la devoción con la cual cientos de personas llegan a este sagrado lugar a pedirle a la Virgen de Guadalupe que interceda por ellos. Su fe es admirable.
Fuimos directamente a la Capilla del Cerrito, enclavada en el Tepeyac, donde la Virgen se le apareció a Juan Diego por primera vez. Aquí le pidió que fuera al obispo de México y le dijera que quería que se le erigiera un templo. Deambulé por el hermoso Jardín de las ofrendas, el perfecto lugar para desocupar la mente y el corazón de cualquier imperfección humana.

Me fui a la Capilla de Juan Diego, construída justo al lado donde estuvo su casa y donde en su interior estuvo el ayate milagroso por muchos años. Qué pena que esté con rejas, ya que allí también se puede sentir la energía que impregna el lugar. Contemplé la estatua de Juan Diego y el milagro de las rosas, que captura el momento en que el ayate del santo quedó impregnado con la imagen de la Virgen. Finalmente, me fui directamente a ver el ayate de Juan Diego. No existen palabras para describir tanta belleza.

Había escuchado en Caracas la clase que Rubén dio sobre su visita a Mitla, la cual me había dejado boquiabierto. Inmediatamente decidí que tenía que visitarla. En esta ciudad fue que vivieron los señores Ballard con su hijo Donald. Aquí la Sra. Ballard fue una sacerdotisa llamada Mitla, quien logró hacer unas pinturas impresionantes, que ahora se encuentran en el retiro del Royal Teton.

Del D.F. me fui en autobús hasta Oaxaca (seis horas) y luego tomé una excursión hasta Mitla (otra hora de viaje). Tuve las ruinas sólo para mi, ya que no son las más visitadas. La noche anterior me había leído toda su historia en el libro Misterios Develados. No llevaba expectativas de ningún tipo. Sólo quería estar allí, tocar las paredes, caminar, apreciar su arquitectura, siempre pensando que la familia Ballard y el Maestro Saint Germain habían vivido allí.

Le pedí a Juanma que me llevara temprano al aeropuerto para evitar las largas filas de seguridad, así tuvimos tiempo para desayunar y conversar relajadamente. Estábamos muy tristes por mi partida, pero lo disimulábamos con chistes y sonrisas. No queríamos despedirnos porque habíamos pasado un tiempo mágico. Me lo llevaba a él y a sus hermanos en el corazón.

Antes de abordar el avión, decreté que la persona que se se sentara a mi lado fuera armoniosa, ya que deseaba descansar. Al llegar a mi asiento de ventana, la señora que viajaría a mi lado, me pidió que la ayudara a subir su maleta al compartimiento de al lado. Después de hablar un rato, hizo una pausa y me preguntó: “¿Es usted maestro?”. Me sonreí, y le contesté que era Trabajador Social Escolar, aunque también enseñaba y había escrito libros. Ella sonrío victoriosamente.

Al sacar un dulce que me había regalado Pablo, un estudiante de Juanma, traté de recordar el nombre del mismo, pero no me acordé. Le ofrecí un pedacito a la señora, quien al tomarlo en su mano, lo alzó como si fuera a brindar por algo y me dijo: “¡Alegría!”. Entonces recordé que ése era el nombre. “Como es arriba es abajo, como es abajo es arriba”.

Media hora antes del aterrizaje en Nueva York, el avión comenzó a acomodarse sobre el océano Atlántico, mientras mi cuerpo recibía conscientemente las bendiciones que se derramaban desde El lugar donde la Voluntad de Dios es conocida. ¡Fue una bienvenida mágica! El sol brillaba como nunca. Su esplendor se reflejaba en tonos dorados sobre el apacible océano que por tantos años he cruzado para llegar a mi adorada Tierra de Libertad. Pero México me había robado un pedacito del corazón y, gracias a ello, tenía una válida excusa para volverlo a visitar. ¡Gracias Padre!