HAMBURG


Rubén Cedeño
Hamburg 2.6.2008


Cuando subí al salón donde daba clases de “Teoría y Solfeo” me encontré con un nuevo alumno, un niño que estaba leyendo un libro y por buscarle conversación le pregunte: ¿Que lees? Me dijo, Ágata Cristie. Cuando tomé el libro, vi que lo leía en inglés. A la siguiente semana lo volví a encontrar leyendo y le pregunté: ¿Cómo va Ágata Cristie? Me dijo: “Ahora leo otra cosa”. Al ver el texto observé que era en francés y le dije ¿también lees francés? Me contestó: “Yo leo las obras en sus idiomas originales”. Me di cuenta que era un niño de estos especiales que les dicen ser de la “Nueva Era”, de los que nacen aprendidos. Sin nunca decírselo ni dárselo a notar, se convirtió en mi alumno preferido, me encantaba como era su manera de ser; sus cuatro años de carrera estudiando conmigo fueron sencillamente brillantes con las máximas notas, de respuestas inteligentes, y salidas geniales. Tanto fue así, que el día de su examen final para concluir sus estudios de “Teoría y Solfeo” conversé con el jurado, que era inútil examinarlo, que el niño era una lumbrera. Cuando entró al salón no le examiné, le tomé su nombre y le dije vete. Y él me preguntó: ¿no me vas a interrogar nada? y le dije con gracia y picardía: “Vete, si no quieres que te repruebe”. Le pusimos la máxima nota. Fue el último día que lo vi, le perdí la pista. De niño pasó a ser un joven especial en todo lo que hizo en la vida, en la totalidad de sus estudios fue un genio, un erudito, alguien sinceramente especial. Al año de graduarlo se ganó una beca, salió en el periódico y se fue del país. Su madre, su familia esperaban, y con mucha razón, que deslumbrara el mundo en los teatros. Yo también lo anhelaba así. Siempre me pregunté, qué había sido de este niño prodigio. Casi veinte años después puse su nombre por Internet esperando encontrarlo fácilmente, ya que daba por cierto su fama, pero no lo encontré. Algo pasaba en los planos ocultos y se tejía con los hilos invisibles de los “Ángeles del Plan Divino de Perfección”. Por esos mismos días el también se puso a buscarme por Internet. Me encontró y escribió una carta muy hermosa. Al preguntarle que hacía: me contó parte de su vida y me acotó que la vida lo había conducido a participar en “Cursos de Meditación Vipássana” y me dije: “Tanto genio, lo mejor que podía hacer era que desembocara en un sendero espiritual”. Como tenía terminado un largo escrito sobre Vipássana y quería escribir más vivencia que teorías, decidí hacer uno de los cursos que él hacía. Al finalizar el curso me fui a Hamburgo donde vivía a pasarme cuatro días con él. Primero que nada porque lo seguía queriendo a pesar de los años que habían pasado y junto con eso, tenía el noble interés de saber, qué pasa con un niño genio cuando llega a adulto, porque ya él tenía treinta cinco años. Aquí vino la gran sorpresa.

Entre miles de conversaciones que tuvimos en esos deliciosos días, me dijo: En Alemania comencé a tomar los Cursos de Meditación Vipássana. Me cansé de que me alabaran, de ser el que todo lo sabía, el mejor de todas las clases, el que deslumbraba a todos y para darme una lección de humildad decidí agarrar una beca a Alemania con un idioma que no dominaba y tomar una carrera donde sabía que no iba a tener facilidades y comencé a probar por primera vez en la vida lo que es esforzarse, fracasar, caer y levantarme, no ser el mejor, no ser un genio. Quería hacer desaparecer mi ego. Esta vivencia de mi ex alumno me interesaba profundamente, quería aprender su lección de vida y así le preguntaba miles de cosas de diferentes aspectos de su existir. Conversamos sobre infinidad de profundidades de la música, de las diferentes conductas humanas, de la Meditación del Buddhadharma, de la vida espiritual. Mientras tanto asistíamos a la Ópera y al Ballet de Hamburgo, caminábamos disfrutando por las bellísimas y pacíficas calles, sus verdes parques y plazas con un exuberante verdor que le regalaba la recién inaugurada primavera. Así transcurríamos por su convulsionado puerto fluvial, y sus lagos iluminados por un sol puro e inusual en esta zona tan regularmente fría y nublosa. Sus respuestas sobre las cosas me sorprendían, me deleitaban, eran parecidas a las que uno tenía, habiendo seguido un camino diferente al de él y sin haberlo visto en años. Entre múltiples cosas me llamó la atención saber de su relación amorosa. Tenía una pareja realmente hermosa y llamativa, que en su círculo de amistades lo felicitaban y envidiaban por eso. Me dijo no le interesaba el sexo, no le llamaba la atención su pareja, que quien estaba detrás de él era este ser.

Él había tomado el camino de la renuncia de su ego, a pesar de decepcionar a tantos que esperábamos que él fuera un genio. En lo más profundo de mi ser comprendí que había tomado un camino mejor que el del éxito externo. El sendero de la fama y la gloria, generalmente al final desemboca en soledad, egolatría y tantas enfermedades de la personalidad que en un aparente éxito es un fracaso. Mejor es negarse y recogerse en el interior permaneciendo imperceptible ante los ojos del mundo. Un día le enseñé la carta tan hermosa que me había mandado, puesta por Internet, con una de sus fotos y me pidió que la quitara o la pusiera anónima y le obedecí. Entendí profundamente de lo que se trataba. Por primera vez que en este camino del arte que escogí transitar y ser docente, me encontraba con un alumno que deseara ir de regreso, y llegué a la conclusión que era lo “Real”, que todo lo demás es intrascendente, inconstante, impermanente, dicho en pali en el lenguaje del Señor Gautama, era “Anicca”, asunto que muy bien se aprende en la Meditación Vipássana.


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