DICIENDO VERDADES

Metafísica Sede Central ®

 



Juan Rodríguez

“Cuando se miente,
se utiliza la humanidad de otra persona
como un mero medio para un fin personal”.


Por razones económicas, mi mamá sólo pudo graduarse de cuarto año de Escuela Superior. Su deseo era estudiar en alguna universidad, pero no pudo. ¡Qué pena! Hubiese sido una excelente estudiante, ya que es una mujer muy inteligente. Como buena sagitariana, siempre ha sido la sicóloga de la familia. De ella heredé la habilidad de olfatear cuándo algo camina mal.

Mi mamá nunca aprendió a quedarse callada y siempre ha vivido diciendo verdades. Recuerdo que cuando era un niño, me sentaba en la cocina y me hablaba de los problemas de la casa, aunque no los comprendía por mi corta edad. No creo que la sicología moderna esté de acuerdo con lo que mi mamá hacía, pero a mí me dejó una gran lección: aprendí a ser honesto. No sólo me enseñó el valor de la honestidad sino las consecuencias nefastas de la mentira. A ella le debo el no vivir de apariencias, no ser falso y, más importante aún, no desear clavarle el puñal a un amigo.

Debido a ciertas cosas que he vivido últimamente con algunos estudiantes de metafísica, me he preguntado por qué la gente miente, o sea, dicen algo falso con la intención de que los demás piensen que es verdad. Lo primero que comprendí fue que las personas no aprenden a mentir en la adultez o vejez. El que miente definitivamente lo hace porque lo vio en su casa por primera vez y aprendió erróneamente que era una herramienta para obtener las cosas que quería. Por ejemplo, los niños mienten porque aprenden que es una forma de evitar el castigo.

Le pregunté a la doctora en sicología que trabaja conmigo por qué la gente miente y sin tener que pensarlo dos veces me dijo: “la gente miente para obtener las cosas que quiere”. Aunque le tengan que hacer daño a otras personas, le pregunté. Y me contestó que “sí” con cara de resignación.

Las personas que mienten aprendieron a manipular información y a omitir verdades en el seno de su hogar. Crecieron inseguras (probablemente sufrían de baja autoestima), temerosas y carecieron de mucho afecto (hay personas que mienten para llamar la atención), lo que las llevó a fantasear sobre sus vidas. Para ellas, el inventar historias y representar personajes, ha sido una manera de satisfacer sus necesidades emocionales y sicológicas. No se dan cuenta que al mentir toman decisiones por otras personas, a las cuales le han quitado la oportunidad de discernir.

No seamos ingenuos…reconozcamos que a todos nos mintieron durante la niñez. Las personas que estuvieron a cargo de nuestro cuidado usaron las “mentiras de niño” (las que hacen un asunto adulto aceptable para los niños; por ejemplo, el cuento de la cigüeña) y las “mentiras blancas”, que supuestamente no causan daño, para obtener de nosotros lo que querían, incluyendo que nos portáramos correctamente. De esta forma, muchas personas crecieron pensando que las mentiras podían justificarse.

No existe razón alguna para vivir repitiendo los patrones de conducta enfermizos que nos inculcaron en la niñez. Todo ser humano tiene la oportunidad, especialmente en su adultez, de cambiar estos patrones que nunca fueron saludables. Siempre existe un momento donde se puede apreciar la verdad para que produzca un cambio. Es cuestión de tener la voluntad y la claridad para hacerlo.

Una persona puede dejar de mentir después de haber observado los efectos negativos de la mentira. Especialmente al sentir en carne propia la destrucción que causa el no decir la verdad. Pero el odio que produce el vivir engañando puede cegarla de tal manera, que la aleje de la realidad para siempre. Lamentablemente, habrá personas que morirán mintiendo.

Existen personas que mienten patológicamente, o sea, lo hacen constantemente hasta llegar al extremo de no saber cuándo mienten o dicen la verdad. Sus vidas oscilan entre lo ficticio y lo real, lo que eventualmente hace que pierdan el sentido de la realidad. A estas personas no les importa saber que la mentira ha intoxicado su mente y su corazón, pero al descubrirlo, se dedican a contaminar a los demás.

En el DSM-IV (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorder, Fourth Edition) se establece que mentir patológicamente puede ser una característica de otros desórdenes como Desorden de Conducta y Personalidad Antisocial. Algunas conductas asociadas con estos desórdenes son la agresión, destrucción y serias violaciones a las normas sociales y la ley.

Mientras trabajé en la Penitenciaría de Río Piedras, me llovieron las oportunidades para mentir y darle un trato especial a los confinados. De haberlo hecho, hubiese recibido todo tipo de cosas materiales: relojes, carros, ropa o dinero. Supe de compañeros de trabajo que sucumbieron ante la mentira para ganarse unos dólares adicionales y justificaban sus acciones diciendo que su salario era muy bajo. A mí nunca se me ocurrió mentir o violar el estricto reglamento del penal porque siempre recordé lo que me enseñó mi mamá.
Me costó mucho comprender que algunas personas autodenominadas “metafísicas” utilizaran la mentira para alcanzar objetivos personales. Desde el primer día que estudié Metafísica aprendí que el objetivo era la humanidad. Nunca se me ocurrió pensar que hubiera facilitadores que antepusieran sus deseos egoístas a los de sus facilitados.

Me pregunté repetidamente cómo una persona que vocifera estar en un camino espiritual puede manipular la verdad, engañar a otros y conducirlos por caminos de sufrimiento. Ahora veo con más claridad que los títulos espirituales son etiquetas para engrandecer al ego y no necesariamente reflejan lo que se cocina en el interior de una persona. Siempre que la naturaleza humana se apodera de un ser humano y se expresa conforme a sus deseos, producirá sentimientos egoístas, inarmoniosos y, posiblemente, nefastos. ¡Tenemos que vivir en constante observación!

Definitivamente, me quedo con lo que mi mamá me enseñó: a ser honesto. Y cuando observo a las personas utilizando su libre albedrío para hacer daño a través de sus mentiras, repito las palabras que dijo el Maestro Jesús en la cruz: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”.