CAUTIVERIO VOLUNTARIO
VIPASSANA


Por: Miguel Martínez

Habían transcurridos tres meses desde que Rubén había partido de Caracas a Europa, a dar las enseñanzas, antes de lo cual nos había comentado que iba a estar recluido en un sitio donde estaría sin hablar durante diez días, participando en un curso de meditación. Por fin llegó a Caracas, y al estar en su casa, nos explicó todo el asunto del curso Vipassana y su estadía en el lugar. Al escuchar todo eso le expresé que me gustaría asistir a un curso de esos, y adquirir esa vivencia. Él respondió: “Miguel, tú pasas esa prueba no tanto por ser espiritual, sino por rata”. Me gustó que me dijera eso, porque en verdad considero que soy bien rata, y las cosas difíciles me atraen demasiado. Desde ese momento realicé la investigación por Internet, hasta que por fin encontré que en Venezuela hay dos sedes de Vipassana. Inmediatamente busqué la información del centro Vipassana que se encuentra en el estado Aragua, por la cercanía de Caracas. Allí aparecían las fechas de los próximos cursos y con la incertidumbre de si sería aceptado o no, llené la planilla y la envié. A los tres días, por mera curiosidad, abrí el correo electrónico y encontré que había sido aceptado para hacer el curso Vipassana. Brinqué de alegría y di gracias al Padre. Pasaron los días, y comencé a experimentar estados de ánimos diferentes, como el de desprenderme de cosas y de estar recogido en mi interior, a lo que Rubén me explicó que ya estaba comenzando a conectarme con la energía del Señor Gautama. Fui llamado tres veces telefónicamente por las personas de Vipassana; la última llamada me llamó mucho la atención, porque una señora me hizo una serie de preguntas y comenzó a decirme que fuera muy fuerte, que me iba a enfrentar a algo desconocido, que me iba a limpiar de los Sankaras, que moriría en el intento, pero que luego saldría en un verdadero renacer, y que por mi voz, percibía que iba a superar esa estadía en el lugar. Y para terminar, me reafirmó que en verdad, no sabía qué la impulsaba a decirme todas esas cosas. Llegó el momento y me encontraba rumbo al estado Aragua, específicamente en la entrada de Tejerías, donde comienza el camino que asciende por unos cuatro kilómetros de montaña con unas prominentes curvas, y un exquisito clima tropical, hacia el lugar donde está “Dhamma Venuvana”, sede Vipassana. Ya nos encontrábamos en el lugar. Me despedí de Jesús y Antonio con un fuerte abrazo, e inmediatamente nos llamaron la atención por abrazarnos en el lugar, ya que la comunicación debe ser a distancia. Las instalaciones son muy confortables, con un clima y una flora ideal para un recogimiento espiritual. Una vez entregadas mis pertenencias, fui a la cabaña, y ubiqué mis utensilios personales específicamente en la cama número nueve. Por sobre la disciplina y la rigurosidad del lugar, estaba latente el buen humor del venezolano, y ya faltando doce minutos para comenzar el Noble Silencio, una señora se me acercó, muy nerviosa pero entusiasta, y me dijo: “Faltan doce minutos. Estoy aterrada. Sólo pienso cómo haré para brincar la reja y fugarme de esta vaina si es muy fuerte”. A lo que yo le respondí: “Mi caso es más apretado que el tuyo. Si acaso me fugo, salgo en Internet al día siguiente. Es una lástima, pero me tengo que quedar a juro”, y comenzamos a reírnos.

Me encontraba en la sala de meditación, acudiendo al primer llamado a la meditación. Tan sólo era para afinar ciertas cosas durante esos diez días. Tendríamos que entrar en el conocimiento y la práctica de Sila: conducta ética, que es:
Abstenerse de robar.
Abstenerse de actividad sexual.
Abstenerse de mentir.
Abstenerse del consumo de intoxicantes.
Samadhi: concentración en la mente y Pañña: la purificación de la mente.
Y la práctica del Noble Silencio.


El horario era sumamente fuerte: a las cuatro de la madrugada sonaba el gong con el primer llamado del día, para estar listos media hora después.

Ya la primera mañana estaba listo y me sentía entusiasmado de comenzar el curso. Al estar en la sala de meditación, presenciaba la más contundente entrega a la complicidad que generaban los meditadores en su totalidad, la luz tenue del lugar, el sonido de la naturaleza y el eco de la respiración de todos. A las cinco y treinta llegaba la profesora; una mujer alta, con una tez blanca como la leche, erguida totalmente en postura Padmasana, que al asumir, me atrevería a jurar que era inspirada por el propio Gautama, ya que la radiación de esta mujer era altísima. Pasaron dos días y ya habían desertado dos estudiantes que durante la noche gemían, brincaban en la cama, hablaban dormidos gritando auxilio para que sus familiares los fueran a sacar. Recuerdo que uno de ellos, en plena sala de meditación, escuchando los cánticos y mantram que entona Goenka, máximo exponente de este movimiento mundial, tiró a un lado el banquillo donde se sentaba, apartó los diferentes cojines, y llevando sus manos a su cabeza se jaló por los cabellos, diciendo: “No aguanto más, me voy de esta vaina. Esto es para locos”, e inmediatamente se fue de la sala.

Pasaban los días y ya no podía más con aquella comida, aunque su preparación es concebida con mucha sabiduría para que esté en consonancia con los cuatro elementos -tierra, aire, fuego y agua-, para que sus componentes no perturben el efecto de la respiración en la meditación. Cada vez me alimentaba menos. Todo está planificado, conjuntamente con los diferentes procesos. Así como era de fuerte la depuración, igualmente la comida, para que hasta el poquito de ilusión que se pueda albergar por alimentarte con un divino plato, también se pierda. Era el cuarto día, y me sentía morir. Es cuando comienza el curso realmente. Lo anterior era tan sólo una preparación para lo más fuerte como es comenzar a reconocer los Sankaras acumulados durante esta encarnación, y hasta en otras anteriores. Nos preparaban en el reconocimiento de las sensaciones a través de la respiración, recorriendo el cuerpo de arriba a abajo, y de abajo a arriba, porque al reconocer la sensación, brotaba el Sankara, que se anida en uno dentro de los extensos archivos fotográficos de alta resolución, donde todo, absolutamente todo lo que has vivido está guardado, desde los episodios más insignificantes, hasta los más terribles y dolorosos, como también los agradables y bellos recuerdos de tu vida. Al enfrentarme con esto no podía más, quería escapar de mí mismo, pero era imposible; los sankaras me brotaban hasta en la ducha. El cuerpo se revelaba, me observaba en el espejo y comencé a ver otro hombre que yo desconocía. No era aquel Miguel jovial, simpático, alegre, que le rinde culto a la belleza corporal, que se matiza las canas para verse mejor; por el contrario, era un señor mayor, envejecido, atemorizado, lastimado por sus propios actos, que había huido de sí mismo durante años, enganchado en el deseo de vivir nuevamente lo que por ley de naturaleza ya había pasado en la encarnación. Una sobrina que había decidido hacer el curso, se encontraba en la sala de meditación, y al observarla, con lágrimas en los ojos le decía mentalmente: “Me estoy muriendo cada día, avísale a mi familia. No voy a llegar al final, me estoy muriendo”. Era muy difícil que alguien se diera cuenta que me moría, pues todos estaban agonizando igual que yo. Los sankaras eran más fuertes cada día: mi hermano muerto seguía latente. En una oportunidad, uno de los servidores que estaba en el comedor se me quedó viendo fijamente, cuando de pronto empecé a observar que su rostro se transformaba en el de mi hermano, y su actividad motora era igual, y yo me quería morir; no podía con aquello, lo único que llegué a decirle mentalmente fue: “Perdóname por no poder ayudarte. Yo te perdono con todas las fuerzas de mi alma”. Y observaba que el rostro de mi hermano dejaba transparentar el verdadero rostro de aquel amoroso servidor. Me faltaba desarrollar la ecuanimidad, que era el no rechazar lo desagradable y tormentoso, y no albergar lo encantador; aprender que cuando aparecen los sankaras reclamando el ser multiplicados nuevamente, buscando desesperados su alimento, como es el rechazar una imagen de dolor con un familiar, o de rabia, como una pelea con alguien, sentimientos de desdicha como los que se producen al terminar una relación amorosa, amando a la persona, aunque te esté destrozando la vida, o bien sea, querer seguir en un bello recuerdo de un viaje, donde fuiste inmensamente feliz. Esta situación se plantea en la mente, para que desarrolles la ecuanimidad, que es permanecer imperturbado por ambos estados mentales y emocionales. Todos comenzábamos a caminar viendo únicamente al piso, a lo que me revelé, y dije: “He sido preparado por años, para ver hacia lo más alto, y voy a mirar para el cielo, y así realizaba el recorrido por los hermosos jardines del lugar, logrando la observación más profunda que haya realizado alguna vez en la vida”. El contacto corporal es uno de los preceptos de Sila, y no lo podía alterar. Un compañero que caminaba a mi lado, resbaló y rodó cuesta abajo. El pobre hombre ya no podía más, y yo me debatía en ayudarlo o no. Me escuché diciéndome: “A él nadie lo mandó a meterse aquí. Lo hizo por voluntad propia, por lo tanto debo dejarlo que se desbarate y lo recoja el servidor” Al pobre hombre lo recogieron del piso y parecía un guiñapo, a lo que inmediatamente el servidor agregó: “Eso es un sankara.” Y el señor dijo: “¡Como que sankara! ¿No vio que pelé el escalón? Aquí todo lo arreglan con un sankara”

Yo necesitaba salir de aquel terror que comienza a apoderarse de uno, y dije voy a vivir lo que sea con algo de alegría, y así, a mis compañeros de cuarto les puse a cada uno un sobrenombre. Por ejemplo, a un muchacho que hablaba dormido, y luego se levantaba en la madrugada, antes de la hora, con los pelos alborotados y dando traspiés, gritando: “Es la hora. Voy a llegar tarde”, le puse, Linda Blair, el exorcista. A otro le puse “bomba atómica”, por sus gases espantosos; a otro le puse “obsesión fatal”, porque todas las noches llegaba desesperado buscando un cargador para el celular, para poder llamar para que lo fueran a buscar. Así era que disipaba por momentos el dolor tan fuerte de mi alma. Al quinto día ya no me podía mover ni abrir los ojos durante la meditación, algo que hacía para observar a los demás, y sus diferentes reacciones ante aquello. Ya había aprobado la mitad del curso, faltaban cinco días más. De pronto, un profundo dolor comenzó en mi hígado, casi impidiéndome el poder estar sentado, era insoportable. Tuve que recurrir al gerente y pedirle que me medicara, a lo que él me dijo: “Todo va a pasar. Tienes alojado en esa parte del cuerpo el Sankara más grande de rechazo que hayas podido desarrollar. Recuerda que ese órgano está muy ligado a las emociones, y con la técnica de respiración Vipassana está saliendo a flote burdamente. Trabájalo dulcemente y no te detengas cuando el dolor persista. Tan sólo mantén la ecuanimidad. Eso también es impermamente o Anicca.” Al día siguiente al levantarme y verme en el espejo, estaba amarillo totalmente, a lo que pensé: “Este hombre está loco, ¡Qué Sankara del carajo! Esta vaina es hepatitis. Estoy completamente amarillo”. Sin embargo, realicé mis meditaciones y nos dieron una técnica de respiración con la que puedes perforar insistentemente la zona del cuerpo que esté muy afectada, donde se encuentren sensaciones burdas. Así lo realicé, y fue tanto lo que perforé mi hígado, que no me dolió más, pero seguía amarillo. El octavo día, estaba predestinado para sacar todas las frustraciones y temores del cuerpo. Entré en profunda meditación, respirando suavemente, cuando de pronto vi una urna en el lugar, y cuidadosamente me acerqué, y a través del vidrio vi un rostro. Era el mío. En verdad no me produjo terror. Sólo dije: “Rasúrenle la cara para que se vea mejor”. Era mi cadáver en aquel lugar, pero mi ego se negaba, y lo deseaba ver muy bien hasta en la muerte. Llegó el día noveno y nos quedaba un día solamente para salir de aquel cautiverio que había escogido por voluntad propia, y estando aquí estudiando las enseñanzas del Gautama, comprendí que ese asunto de iluminarse, y el estar alerta totalmente, no es para pendejos que andan esperando que les digan las cosas bonitas, y le pasen cosas bellas y agradables todo el tiempo. Por el contrario, es para almas fuertes, rebeldes, intrépidas, desafiantes, disciplinadas, ordenadas, honestas con sigo mismas, que serán las únicas capaces de estar presas voluntariamente, y extraer de ello los beneficios para la evolución en el sendero.

El décimo dia ya era un cadáver ambulante, amarillo color apio, pero lleno de una gran satisfacción interior: lo había superado. Había nacido nuevamente, aunque me quedaba algo por confrontar, la apariencia en mi hígado. Seguiría uno días más en Vipassana, en mi casa, para que terminara para siempre de sanar la inmensa incisión que me había producido esa operación a la que me había sometido. Estaba saliendo del quirófano y me faltaba el post operatorio, que lo llevaría con mucha sabiduría, para que ningún punto cediera, y se abriera la herida. Recordaba que todo es impermanente –anicca-, que esto pasaría. Sólo albergaba la inquietud de cómo haría para enfrentar el mundo cuando ya nada de lo que hacía en lo exterior aparte de mi Metafísica me producía ganas de seguir. Tenía que comprender que había nacido de nuevo, y todo nacimiento requiere de un aprendizaje a diario. Extrañaría aquellos cánticos de Goenka, donde por momentos me desesperaba, pero que día a día aprendí a dejarme penetrar por su vibración, al igual que sus magistrales y sencillas clases a las ocho de la noche, que tanto me reconfortaron en aquel reclusorio lleno de tanta compasión y misericordia divina.

A las diez de la mañana del último día suspendían el Noble Silencio. Mis compañeros, esperándome en el dormitorio, como unos pericos hablaban y remedaban los cánticos de la mañana; otros caminaban como los servidores. En fin, todos entramos en jodas. A mí me decían el hombre amarillo. Hubo algo muy particular: uno de los muchachos cumplía años ese mismo día, y le cantamos el cumpleaños, y de pronto llegó el servidor abismado por el escándalo, recordándonos las normas del lugar. Al día siguiente practicábamos la última meditación juntos, para luego salir al mundo nuevamente. Estaba ansioso por salir a poner en práctica todo lo aprendido. Jamás olvidaría los diez mejores días de mi vida, donde pude comprender mi naturaleza interior.


BHAVATHU SABBA MANGALAN
Que todos los seres sean felices

SHADHU
Así será

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